Este blog personal estuvo activo de marzo de 2008 a julio de 2010. La continuación está en jeri4queen.blogspot.com
jueves, 1 de julio de 2010
Delfina
martes, 25 de mayo de 2010
Negra de Piedra
viernes, 26 de marzo de 2010
3/15 Chilangas
Los zapatos de tacón le dan significado a ser mujer. Como aquellas, son bellos y tortuosos. Vienen mil texturas, colores y formas diferentes. Cada par tiene un alma gemela en forma de vestido y sus accesorios. Aunque por supuesto, ser infiel de vez en cuando con un pantalón no es pecado mortal. Pero sobre todo, sólo con los zapatos de tacón es posible anunciar una entrada triunfal.
Por eso comencé a coleccionarlos y después, a usarlos.
Mi esposa dijo que era un fetichismo enfermo. Mi madre, que era la crisis de los cuarenta. Por fortuna, mi padre está cremado, de lo contrario se hubiera levantado de su tumba. Yo sigo sospechando que en realidad lo que les molesta es la idea de compartir el poder que siete centímetros más de alto les da.
Con lo que me sobró del divorcio, renté un departamento y me compré vestidos que les hicieran juego. Me tomó un poco de tiempo para aprender a andar bien en tacones y vestidos. Tuve que acostumbrarme sentir la tela sobre mis pantorrillas y el aire correr libremente por mis huevos. Pero una vez dominado el paso, comencé a salir vestido de mujer.
Afortunadamente, para que en esta ciudad llames la atención, debes pertenecer a alguna tribu urbana de moda, como emos o darketos. Por eso, el llevar vestido y tacones siendo un hombre delgado, lampiño y sin facciones toscas, pasa por completo desapercibido. Siempre tenemos tenemos mucha prisa por esquivar al de enfrente, como para tomarnos unos segundos y pensar si el bulto casi atropellamos es hombre o mujer.
Los pocos amigos que me quedan y con quienes salgo muy de vez en cuando (siempre bajo la advertencia de ir vestido de machín), me preguntan si me siguen gustando las mujeres. Como si alguna vez me hubiera vuelto maricón. No los critico y tampoco esperaba que me entendieran cuando decidí mostrarme como soy: un hombre que gusta vestirse de mujer.
Enseñarme tal cual soy es lo más difícil que he hecho. Al sincerarme con la gente que me importa a pesar de prever su reacción, su negativa y su crítica fue una patada en los huevos. No había salida más honesta me repito cada vez que la incertidumbre, la soledad y la depresión amenazan mi cabeza. Cuando el dolor de saberme negado o minimizado vuelven en cada llamada o reunión familiar.
“No es más que ropa: tacones y vestidos”, les repito sin éxito y con la esperanza de ser aceptado. Pero bueno, supongo que si voy a andar triste por la ciudad, es mejor hacerlo en tacones.
martes, 23 de marzo de 2010
Los budistas son los peores
Estábamos en una borrachera cuando conocí a Malik, un francés tan bonito que me hizo preguntar si no era yo medio lesbiana: ricitos rubios, ojos claros, nariz aguileña, pestañotas… ya saben, una niña sin tetas. Los ebrios del lugar eran en su mayoría eran latinos, por lo que la conversación sudaca / competitiva había alcanzado un punto álgido: colombianos y venezolanos estaban a punto de volverse a declarar la guerra por el control de la frontera.
Con el fin de no participar en divisiones políticas que atentaran contra los ideales de Bolívar y San Martín, busqué al güerito franchute. Comenzamos a platicar de temas internacionales de gran relevancia, como el impacto de la guerra franco-prusiana como disparador económico del sorgo alemán. Malik comenzó a hablar muy entusiasta, casi como un orador de las naciones unidas. En mi semiebriedad me di cuenta de su nulaebriedad. Le pregunté la causa de su abstinencia y mirándome directamente a los ojos me dijo: “Soy budista y no necesito el alcohol para divertirme”.
miércoles, 17 de marzo de 2010
2/15 Chilangas
El sol aún no se asoma tras esos cerros y volcanes cuando salgo a trabajar. De un portazo estoy fuera de mi casa y escucho al viento azotar unas contra otras las hojas que les quedan a los árboles de Tlalpan. El ruido de periódicos y botes vacíos arrastrándose por el piso me hacen resguardarme en el marco de la puerta, en un intento por evitar que el polvo me entre a los ojos. Esta siempre ha sido mi ciudad y sé cómo cuidarme… hasta de esos vientos invernales.
A lo lejos, escucho a los perros que ladran y a los coches que rugen. La Ciudad de México está despertando. ¿Acaso durmió? Yo, al menos, no.
El viento se llevó la flojera que la combinación de baño y café no habían podido sacar de mi cuerpo y comencé a caminar con pasos decididos. No había tiempo que perder, que los minutos chilangos avanzan más aprisa que en el resto del mundo y aún me quedaba más de medio Insurgentes para llegar al trabajo.
A pesar de la prisa, no pude evitar el detenerme en aquella lomita desde donde se ve cómo la ciudad quiere escapar de sí. Donde por cada luz hay una persona, con sueños, esperanzas, problemas y decisiones por tomar. ¿Qué se sentirá ese idiota por dejar a su perro congelarse en el techo? ¿Qué usará por la mañana aquella que dejó los calzones en el tendedero? Y el dueño de ese coche destartalado, ¿Cuándo lo irá a tirar?
Desde la primera vez que las vi, le dije a Eugenio que eran estrellas en el piso. Sus ojos científicos se entrecerraron y las cejas muy juntas me hicieron ver que su cerebro se había puesto a funcionar -Es la capital tratando de opacar a tus amadas estrellas y yo digo ganó- agregaba sólo por chingar. Entonces se reiniciaba la vieja discusión sobre hombres y estrellas. Pleitos de astrónomo con antropóloga que no buscaban encontrar un punto en común en otro lugar que no fuera nuestra cama.
Y es que en realidad no importaba mucho el no convencernos de teorías y prácticas, cuando apenas hace algunos meses nos habíamos convencido que nos era imposible dormir sin ver antes el resplandor de nuestros ojos. Entonces supimos que la pelea entre luces artificiales y estrellas tenía un ganador.
martes, 16 de marzo de 2010
¿Quién es el que anda ahí?
Yo estoy tirada en el sofá de mi sala y procuro no moverme más que para lo indispensable. Chorros de sudor recorren mi cuerpo y pienso en tomar otro baño. Pero la pesadez se une a mi hueva y me dedico a cambiar de canales del televisor. Con esto, sólo muevo un dedo.
Me detengo en las noticias de Querétaro. Frente al palacio de gobierno está una señora que respira con dificultad y que habla sobre la prevención de los golpes de calor. La doñita aconseja tomar mucha agua (¿en serio?), salir a la calle con ropa clara y la cabeza cubierta con una sombrilla o cachucha (¡nunca se me había ocurrido!), no hacer deporte a medio día (¡uy! ¡Justo cuando iba a dejar mis 10 años de inactividad física!) y estar al pendiente de las diarreas (aunque no especifican si mentales o de caca). La cara roja de la “reportera” mira fijamente a la cámara y con ojos secos hace énfasis en las palabras CALOR y EX-TRE-MO. ¿A qué idiota de TVAzteca se le ocurre poner a otra idiota a hacer precisamente lo contrario de lo que aconseja?
Decido dejar de escuchar pendejadas. Recargando mis manos en el sofá, aviento mi cuerpo hacia adelante, obligando a mis piernas a levantarme de ese sillón. Apago esa caja tonta y tomo un libro del mueble. El Bar del Infierno de Dolina pesa como si fuera el Quijote de Cervantes.
Abro la ventana que da a la calle y me asomo al balcón, sin importarme mucho que alguien me vea en calzones. ¿Quién en su sano juicio sale al infierno en domingo? Cierro la ventana, no quiero que el aire caliente invada mi pequeña sala.
Dejo que mi cuerpo se azote nuevamente contra el sillón mientras descanso mi cabeza en el posa brazos. Mis ojos recorren la alfombra y encuentro a un insecto que avanza con gran dificultad. Al principio pensé que el grillo tenía tanta hueva y calor como yo, pero en realidad le falta una pata.
Pero eso significa volver a levantarme de mi sillón y ya estoy acomodada en la flojera. Mala suerte grillito cantor.
Gazpacho, mi perro duerme sobre el piso. Tiene la lengua de fuera y su pecho se mueve con cada jadeo que sale de su hocico. Sus ojos se entrecierran y la baba ensucia mi ya puerco piso. “Eso te pasa por ser negrito Gazpacho” le dije con empatía. Pobre, sufre más que yo en esta parrilla que tengo por departamento.
Aún estaba pensando si tendría la energía necesaria para sostener el libro con mis manos, cuando el perro demostró tener más fuerza de voluntad que yo. Incorporándose con lentitud, como si moviera sólo un músculo a la vez y acercó su nariz al grillito cantor.
El perro ladea la cabeza y olfatea alrededor del grillo. Me pregunto si huele a la muerte. La baba ya chorrea sobre el asustado grillo cuando Gazpacho lo pisa sin demasiada fuerza, como si intentara animarlo en vez de matarlo. Comencé a silbar la canción de Crí-Crí para darle solemnidad a la escena. En un instante, el grillo se retuerce y da algo así como un brinco, lo que provoca una reacción similar en Gazpacho, pero hacia atrás.
Cuando el perro se da cuenta que no corre peligro, vuelve a acercarse al grillo y lo empuja con la nariz. El grillito cantor seguía vivo e intentaba brincar con desesperación. Me parece que perdió otra extremidad en la batalla, porque ahora sus movimientos son más erráticos.
-Gazpacho, deja de estar jugando con el grillito cantor y de una vez por todas mátalo- le ordeno.
Los ojitos de mi perro me ven al escuchar su nombre. Mueve ligeramente la cola y alza las orejas cuando voltea a ver al grillo. En un ágil movimiento, Gazpacho agacha su cabeza al y da un pequeño salto; toma al grillito cantor con el hocico, triturándolo con sus dientes. Acto seguido, escupe el cadáver. Lo pisa un par de veces más y cuando se asegura que está bien muerto, vuelve a su lugar en el piso a retozar.
-Gazpacho, tráeme unas cervezas del refri- le ordeno una vez más.
Esta vez, el perro no obedeció.
martes, 9 de marzo de 2010
Chilangas - 1/15
I.
Desde que me bajé del autobús, el Distrito Federal me pareció repugnante. La gente salía de todos lados: taxis, coches, camiones, casas, cielo. Seguro que hasta de las coladeras, pensé. Y es que el ruido que provocaban en sus comercios y autos me azotaban los tímpanos. Pero mi sentido más afectado era el olor, ya que la pestilencia del drenaje se mezclaba con el olor a garnacha y a smog. La sensación de nausea era constante.
Llegué a la capital para abortar, no era una turista buscando antros, museos y conciertos. Sólo era una persona que se había equivocado y que tenía que hacer una corrección. Porque podía cargar con orgullo la bandera de “La Amante”. Escandalizar a una sociedad provinciana y mocha es divertido y gratificante; te pone en un lugar visible entre esa masa homogénea de gente.
Además, soy dueña de mí. ¿Cierto?
Tomé un taxi y cuando le dije al chofer mi destino, una mirada de reprobación se reflejó en el retrovisor. Como si nunca hubiera recibido una de esas. Durante el camino y como un padre sobreprotector, me sermoneó con la verborrea sobre el milagro del nacimiento y la santidad de la familia. Como si nunca hubiera recibido un sermón así.
Íbamos llegando al Chiquihuite, cuando la lluvia comenzó a formar ríos y la tierra del cerro comenzó a rodar cuesta abajo. “Como que alguien no quiere que llegue, señorita” me dijo mi moralista conductor. Pero ni el sermón, ni las mantas de pro-vida o los folletos de adopción que acompañaron el trámite no me hicieron cejar en mi decisión de corregir.
Por supuesto, aborté. No tenía ilusiones para ese ser destinado a crecer, nunca lo deseé y por el tiempo que estuvo en mi cuerpo, ni siquiera lo consideré humano. Era un intruso más en mi vida. Tal como lo fue el taxista que me dejó en el lugar, la enfermera que me atendió o su padre.
Los siguientes días se me fue la vida mientras dormitaba en esa cama de sábanas ásperas de un motel cerca del Circuito Interior. Cuando tuve fuerzas para levantarme, corrí la polvorosa cortina que me descubrió una avenida repleta de coches. Era de noche y cuando entrecerré mis ojos, un río de luces en un cauce de concreto apareció ante mí. Esa agua luminosa fluía en perfecto orden y sintonía.
Por eso me quedé a vivir en esta ciudad. Estaba cansada de llevar la contraria sólo porque sí, por no ser igual.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Esa no soy yo
jueves, 7 de enero de 2010
Hot Cakes
En este cuentito, tenía que manejar a seis personajes en un hecho trivial.
Gracias a Agustín Fest, por los comentarios :)
Aquel domingo, Pedro quería verme para desayunar. Yo agonizaba, por lo que llamé para cancelar la cita con mi primo favorito. Apenas contestó su celular y sin siquiera saludarme, amenazó: -Ni te atrevas a plantarme otra vez porque te mato-. Qué bien me conoces primito, pensé. Y como las 9:30 es una hora muy de madrugada para morir, tomé un par de aspirinas para calmar la cruda y con lentes obscuros busqué un taxi en la avenida, indicándole la dirección de los famosos hotcakes.
Pedro ya estaba en la sala de espera cuando me vio llegar y con una sonrisa que Luis Miguel envidiaría, se burlo de mi facha: el pants rojo y la sudadera rosa combinaban ofensivamente y mi pelo recogido en una colita aún estaba revuelto. -Hola borracha, de menos hubieras invitado- me dijo al tiempo que sentía su rasposa barba en mi mejilla y escuchaba un beso al aire. Bajé un poco los lentes para verlo bien: Su pelo estaba limpio y engominado, olía a perfume caro, vestía jeans de marca y una playera que publicitaba a Abercrombie. Guapísimo, como hace 20 años Luis Miguel.
En la entrada estaba el Jefe de Camareros, un joven con una fingidísima mueca de servicio. Al observarlo un poco, noté su manía por acariciar los botones de su chaleco. Tenía una postura incómoda, cómo si le apretara o quemara la ropa. A nuestro lado, una familia de cochinitos chillaba por unos hot cakes. Eran el padre, la madre y el escuincle. Todos con cargaban una desparramada panza y la misma cara pedante. Aunque el padre era calvo, la madre estaba maquillada como payaso y el niño se comía los mocos. Los padres alegaban que en Estados Unidos no pasaba eso, que lo mejor sería reportarlo a la gerencia, que cómo era posible si ellos eran clientes fieles de la cadena. El cochinito mocoso comenzó a llorar por su ración matutina de harina y leche, lo que incrementó mi dolor de cabeza. El Jefe de Camareros estaba abrumado, el tic de los botones se incrementaba, y supongo que para relajarse, les asignó inmediatamente una mesa.
Cuando por fin nos asignaron una mesa, nos tocó a un lado de la familia Cochinitos. El niño ya había sido silenciado con una dotación de Canelitas, sin embargo, aún no había comida que ocupara la boca de sus rechonchos padres, quienes seguían lanzando insultos para los trabajadores del restaurant.
-Uy, ¡los de chocolate son bue-ní-si-mos! O mejor estos de manzana y canela. Igual unas crepas saladas, mmmm-
-A mi abuela le encantará este lugar, ¿No crees? Deberíamos de invitarla un día.
-¿Me estás dando el avión, cabrona?
-Ajá- reí.
El soliloquio de mi primo fue interrumpido por los gritos del Papá Cochino, que tenía agarrado del brazo al jefe de meseros y le recriminaba. -¡Tenemos UNA HORA esperando! ¡UNA!- El flaquito puso cara como si lo tuvieran agarrado de los huevos y con voz quebrada respondió: -E-e-esta-mos-s- po-por sacar-r su or-den-n. Mamá Cochina se tocaba el escaso pelo rubio en señal de desesperación y cómo si le hablara a la virgen pronosticaba su muerte por inanición. El hijo ya se había terminado sus galletas y estaba a punto de llorar.
Pedro puso cara de asco y me susurró: -Qué nacos, por lo visto, el dinero no compra educación- Y como si el alboroto de la Familia Cochinitos hubiera terminado, me preguntó con tranquilidad:
-¿Ya sabes que pedir?-
-Unos huevos a la mexicana- contesté masajeando mis cejas.
-¡Cómo! ¿No vas a pedir HOT CAKES?- me reclamó en un tono excesivamente alto, lo que ocasionó que los comensales de las mesas cercanas me voltearan a ver. Incluso la Familia Cochinitos se dejó de oznar.
-Te dije que estaba cruda, ¿quieres que vomite?-.
-Está bien- y suspiró resignación -Tú ya no tienes remedio-
-Bájate.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
El gatito chino
De ahí inventé todo. Algunas cosas de la repisa existen de verdad :)
En el 2010 visité Pekín. Mi estómago aún se estaba acostumbrando a su grasosa y exótica comida, pero negaba a comer en restaurantes para turistas. La fila para entrar a aquel restaurant era inmensa y yo que era amante de las multitudes, me formé. Cuando por fin fue mi turno, me asignaron una pequeña mesa para una persona, bajo una de esas lámparas-bola de techo de color rojo y dorado. Me sirvieron un té que sabía a maderas y con señas ordené lo que me pareció menos asqueroso del menú fotográfico.
En la mesa se encontraba esperándome el gatito chino; lo sostuve a pocos centímetros de mi cara para verlo mejor, mientras mis dedos sentían sus finos ángulos. Otro comensal se acercó a mi mesa con una gran sonrisa y en un inglés apenas entendible, me dijo que la tradición es tomarlo, traerlo algunos días y volverlo a liberar en otro restaurant chino. -Estos chinos milenarios tan locos- pensé. Sin embargo, pocos días después y ya habiéndole agarrado el gusto a su comida, lo liberé en una mesa para dos de un restaurante de Shanghai.
Siete años después fui a Nueva York, acompañando a mi político esposo a una gira por la ciudad. La cita diplomática era en un restaurant chino, pero en éste, a diferencia de los que conocí cuando la década nacía, había que hacer reservaciones y su menú estaba en inglés.
Mi cabello ya no era rojo, no iba sola, ni cargaba un bulto en la espalda. Pero el gatito chino estaba ahí, esperando a ser tomado, para posteriormente obtener la libertad. Le conté la historia al grupo que me acompañaba y todos me regresaron una sonrisa condescendiente. ¿Hay cosas menos banales en este mundo por hablar, cierto?
Tomé el gatito y lo guardé en mi bolso de satín y de ahí directo a la vitrina. Si yo me encerré ¿Por qué no había de hacerlo él?
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Que no se encuentre una gringa
Para este ejercicio, se me solicitaron personajes y escenario. Si los transporto a la estación ranchera, ya chingué.
El autobús se alejó de la estación y yo me senté en una de esas incomodísimas sillas de plástico azul a continuar con mi letanía. Quizás, si lo repetía diario y con fe, mi plegaria se haría realidad. Así lo había hecho desde que vi el infame boleto comprado.
En la primera foto que se mostraba estaba yo, devorando la boca de Daniel. Me asombré y seguí recorriendo las fotografías. Una a una, se mostraba la misma escena pero con distintos protagonistas y fechas. Todo un romántico resulto Míster Mano-Fría. Tal vez y aún sigue esperando a su amada, tal vez así termine yo.
Los consejos de mamá
En este ejercicio tenía que delinear personajes. Pero pasan tantos, que ustedes díganme si lo logré :)
Pero estaba confiada en mis tiempos y rutas. Los consejos subconscientes de una madre que se encuentra al otro lado del atlántico no me alteraban. Ya hacía tiempo en que mi “nueva” ciudad había dejado de ser “nueva”. Era ama y señora de mis dominios, de mi tiempo, de mi vida. Además, el acento, la ropa y corte de pelo gachupines me hacían mimetizarme en esa masa amorfa de gente que recorre en metro los subsuelos de Madrid. Túneles que yo conocía casi como si los hubiera cavado con mis uñas de silicona.
Cuando Lina me abrazó para despedirnos vi el reloj de la sala: sus manecillas marcaban las doce y media. Pensé que tal vez y tendría que correr una vez que llegara al aeropuerto. No le vi ningún problema. Como sea, mi maleta al hombro apenas y pesaba. Como experta viajera sabía la cantidad exacta de ropa que llevar.
El metro no estaba tan lleno. Aquel sábado de otoño los madrileños estaban relajados y sonrientes. Aunque el calor comenzaba a ceder, aún no era tiempo de que esas señoras de pelo corto y rubio sacaran sus abrigos largos de piel que las hacen ver como osos emperifollados. En cambio, unos jóvenes escandalosos con piercings si traían suéter y me pregunté si el no cargar con el mío a la cintura había sido un error.
Estaba feliz y confiada, ese viaje al Oktoberfest lo había deseado y planeado desde que comencé con mi vida alcohólica. Nada podía salir mal. Con canciones de pop español en mis oídos, me sujetaba fuertemente de la barra superior del vagón, ya que decidí no bajar mi maleta del hombro, al fin que ni pesaba.
Faltaban algunas estaciones para mi destino final cuando los operadores del metro nos bajaron del vagón e indicaron que había que continuar en un autobús, ya que parte de la estación se encontraba en construcción. Pensé en el tráfico a nivel del suelo en un puente de vacaciones, por lo que decidí tomar un tren de cercanías que me dejaba en el aeropuerto. Mi guía roji cerebral me indicaba que era la mejor opción.
Caminé hacia el transbordo y me di cuenta que lo estaban remodelando. No me parecía fácil comprender la utilidad de aquella construcción. Era una sala de exhibición que intentaba pasar por encima de las vías. Me sentí defraudada y ansiosa. ¿Por esa tontería me retrasan? Para qué construyen esas pendejadas, en una estación tan transitada, como ésta.
Cuando llegué al andén del tren, lo vi partiendo. Maldito Murphy y sus leyes... Impaciente, vi la tabla de tiempos: 15 minutos para el siguiente tren. Pasaron dos trenes del lado contrario y comencé a dudar de mi sabiduría sobre el sistema de transporte. ¿Y si había leído mal la tabla de tiempos? El agobio se sentía en mi garganta y el “mide tu tiempo, hijita” se repetía en mi cerebro cada que veía el reloj del andén. O sea, cada dos minutos. ¿Estaba bien ese reloj de mierda? Los segundos se alargaban y la maleta se hacía más pesada. Comencé a sentir gotitas de sudor en mi espalda a consecuencia de los nervios y del peso que cargaba. De pronto, un fuerte aire se coló a la estación y a mi blusa de tirantes, lo que me hizo estremecer. “Llévate un suéter, hijita” se repitió automáticamente en mi cabeza. Sólo faltaba que me enfermara.
Me enojé con mi madre y con sus consejos insertados en mi corteza cerebral. Comencé a reprocharme el no haber salido antes de la casa por estar hablando de pendejadas con Lina. Estaba a punto de auto-cachetearme cuando llegó el tren y me subí.
Los trenes de cercanías son de largo trayecto, por lo que el tiempo entre estaciones es mayor... ¡Pero no tan mayor! Por las distancias que había entre cada una, comencé a sentir que llegaba a Francia. El vagón iba prácticamente solo y tuve la oportunidad de ocupar dos lugares al momento de sentarme: uno para mí y otro para mi maleta, la cual se había fundido a mis hombros. El sudor continuaba y tenía muchas ganas de llorar. Estaba segura que iba a encontrar el check-in cerrado. Ya me veía rogando a las empleadas del mostrador, inventando algún abuelo muerto o una junta importante. Me insulté en mexicano, colombiano, inglés y gachupín. Ya ni la chingaba.
Por fin llegué a Barajas. El reloj marcaba 2:15, que era la hora de cierre del vuelo. Aún así, decidí correr. Capaz que el vuelo se retrasaba… suele suceder, podría tener suerte, ¿cierto? La maleta a mis hombros pesaba como si cargara piedras en vez de ropa, por lo algunos metros después comencé a sentir que mis pulmones se escapaban por la garganta. Decidí bajar mi ritmo y seguir a pasos largos pero constantes. Aún así, veía desdibujada a la gente que pasaba a mi lado. Eran sólo una enorme mancha por sortear.
A las 2:25 llegué al mostrador de KLM, quienes ya voceaban mi nombre completo. Me identifiqué, e hicimos el trámite para obtener el pase de abordar. Por fin, bajé esa horrible maleta de mis hombros y me indicaron que corriera a la sala de espera B. Supuse que me iban a regañar, pero ni una palabra. Para eso ya tengo a una madre mexicana pegada al subconsciente.
Cuando abordé y me senté en el lugar indicado en mi boleto, aún me sentía abrumada, histérica, llena de adrenalina. Mis sienes palpitaban y en mi blusa se notaba mi transpiración. Con los hombros adoloridos, me recargué en el pequeño asiento y prometí hacer más caso de los consejos de mamá. Lamentablemente, apenas aterrizaba el avión cuando desobedecí un “No hables con extraños, hijita”.
jueves, 12 de noviembre de 2009
La otra y la disléxica.
La asignación de la semana era escribir un relato sobre un hecho trivial. Yo escribí dos que tienen que ver conmigo, pero los exageré. Sobre todo mis sentimientos del primer texto.
En este ejercicio me di cuenta que soy muy blogger. Es decir, quiero escribir con otro formato cuando tengo una idea y cambiarla a relato, me cuesta. Más logrado está el segundo, que también salió para Recolectivo.
Saludos!
LA OTRA
La semana pasada me enteré que yo soy la otra. Sentada en una banca incómoda de aquel frio salón, observé a mi alrededor y me di cuenta que sí, soy la otra. Hace seis años llegué a vivir a Querétaro. Unas semanas antes me había enamorado del centro histórico adoquinado, de los atardeceres turquesa y de las iglesias coloniales pintadas en amarillo mostaza. En aquel entonces, llegué a trabajar a una empresa que venía del norte del país, llena de no-queretanos.¿Cuál derecha?
Durante toda mi vida, la gente con la que me he rodeado sabe y reconoce que soy una mujer inteligente. En mi etapa escolar, siempre fui una estudiante modelo. De esas niñas que caen mal porque siempre buscan sacarse dieces y lo hacen con facilidad. Ya de adulta, me he destacado en mi trabajo, logrando incluso puestos gerenciales.miércoles, 4 de noviembre de 2009
Escenario 2: Bajo la lluvia.
Esta vez, me dieron la siguiente frase para desarrollar dos relatos: Bajo la lluvia, un hombre con paraguas se acercó caminando tranquilamente Esto es lo que salió
El llanto del cielo rompió el silencio queretano
Bajo la lluvia, un hombre con paraguas se acercó caminando tranquilamente. Me sorprendí al verle, puesto que era el único que contaba con protección ambulante ante esta repentina tormenta.
Media hora antes, el sol abarcaba todo. No había una nube que interrumpiera ese inmenso azul. La procesión apenas comenzaba cuando un fuerte viento anunciaba el caos en forma de nubes grises. Gotas gordas comenzaron a golpear con fuerza a los callados fieles congregados aquel viernes santo.
Cuando comenzó a llover, las cofradías sólo apuraron el paso, sin embargo, minutos después tuvieron que correr. Los menos devotos se olvidaron de la cruz que cargaban, se remangaron las enaguas y corrieron a protegerse a los pocos techos que se encontraban cerca. Las cruces quedaron abandonadas a media calle, como un improvisado cementerio. Otros, más estoicos, aguantaron sin inmutarse los embistes de la naturaleza o de Dios, como los entrevistados dijeron mas tarde en los noticieros.
Pero la gran alharaca la armaron los niños, quienes vestidos de angelitos, comenzaron a buscar a sus madres. Mientras lloraban, corrían en todos sentidos y algunos se golpeaban contra las cruces de madera o las cadenas que los participantes cargaban. Otros al borde de la histeria eran los líderes de cada cofradía puesto que las santas imágenes que momentos antes llevaban en sus hombros, corrían el riesgo de echarse a perder.
Empapada, me quedé en medio de la calle observando el caos y pensando cómo titularía mi artículo para el periódico del día siguiente:
“Procesión del silencio callada por Dios”
“No hubo silencio en este viernes Santo”
“El llanto del cielo rompió el silencio queretano”
En esos absortos pensamientos me encontraba cuando el hombre del paraguas se acercó y dijo seriamente:
-El problema es que no escuchan, apenas ayer dijeron que iba a llover con fuerza.
-¿En serio? ¿Lo dijeron en las noticias? Le pregunté incrédula, mientras protegía mis ojos del agua. Así lo observé mejor: vestido completamente de negro, su pálido rostro no reflejaba sentimiento alguno. En el dedo medio de la mano que sostenía al paraguas, llevaba un anillo muy grande y puntiagudo que me llamó la atención. Tenía grabado en relieve un dragón con unas letras que no alcancé a distinguir, ya que el hombre se dio cuenta que lo observaba y rápidamente cambió el paraguas de mano.
-No, lo dijeron en la liturgia- me contestó de manera seca y se fue.
Y usted, ¿De qué se quiere morir?
Bajo la lluvia, un hombre con paraguas se acercó caminando tranquilamente. El paraguas estaba cerrado y lo sostenía con elegancia a modo de bastón. Sólo le faltaba el bombín, el frac y el monóculo, para parecer uno de esos hombres de sociedad de principios del siglo pasado. Uno muy mojado, eso sí. Pero el porte sí que lo tenía. Bajando un poco su cabeza y con un ademán a modo de pequeña reverencia, me ofreció su paraguas.Esa noche regresaba del trabajo y esperaba el camión cuando comenzó a llover, por lo que me refugié en el toldo verde de una tienda de cigarros. Sin embargo, la lluvia comenzó a arreciar y yo temía por la seguridad de mi nueva y costosa cámara. Supongo que la preocupación se notaba en mi rostro y que por esa razón el hombre se acercó y me entregó su paraguas.
-Toma, no te preocupes que pronto dejará de llover- me dijo sin esperar una respuesta. Entró a la tienda y cinco minutos después salió con un cigarro encendido.
Tal como lo predijo, la lluvia torrencial había disminuido y el hombre mirando al cielo exclamó -Te dije que pronto dejaría de llover- Yo me limité a sonreír.
Se recargó en la desprotegida pared y siguió fumando a largas bocanadas. En sus sesentas, lo blanco en su barba comenzaba a dominar. Pronunciadas arrugas se formaban en sus ojos, ya que los entrecerraba para protegerlos del chipichipi que aún caía. Su piel era obscura -más bien quemada-, su nariz aguileña y en la frente tenía una cicatriz. No, no podía decirse que era un hombre guapo, pero la pose, el gesto, el desenfado mezclado con elegancia bajo la lluvia llamaron mi atención.
-¿Por qué no se refugia bajo el toldo?- Le dije, haciéndole un espacio.
-¿Para qué? Si de algo nos tenemos que morir. Personalmente, apuesto por enfisema pulmonar - Me dijo sonriendo con malicia y levantando el cigarro. –Y usted señorita, ¿de qué se quiere morir?-
La pregunta me sorprendió. ¿Qué clase de persona hace esas preguntas? Sin embargo, decidí seguirle el juego e inventar distintas y excéntricas “muertes”.
-¡Devorada por los leones! O en un parto de trillizos. No… ¡mejor un asesinato! que mi amante en un ataque de celos me tire desde un décimo piso. O que sea víctima de un fuego cruzado del narcotráfico y que en la investigación policiaca me confundan con una de ellos y nunca se sepa que morí. Mejor me aviento a un volcán en erupción… la lava roja me hipnotiza. ¿Son impresionantes los volcanes, no cree?
El hombre seguía fumando y mirándome a los ojos exclamó -Piénselo bien señorita, que se le puede cumplir-
-En un accidente- respondí con seguridad- rápido y en seco. Sin demasiada sangre, pero que en un instante, saz! deje de existir.
La luz artificial de un faro lo iluminaba a la perfección. La lluvia seguía, pero en pequeñas gotas que permitían que el humo que salía de su boca ascendiera formando extrañas figuras. Su pelo y barba estaban mojados y pequeñas gotas se resbalaban por su rostro. Sin embargo, eso parecía no importarle y disfrutaba cada bocanada del cigarro.
La escena era perfecta, por lo que saqué mi cámara y con un tímido “¿Puedo?” lo comencé a fotografiar. La Iluminación difusa daba un balance que nunca antes había fotografiado. Con o sin flash, la escena resplandecía. Le hice close-up, cuerpos completos. Cada foto era mejor que la anterior, lo que me tenía muy concentrada. Ya veía mis fotos en una exposición en Nueva York, en revistas de prestigio, ganando el Pulitzer…
Entonces vi esa fuerte luz y escuché un fuerte grito acompañado de un rechinar de llantas. Y así fue como llegué aquí. Y tú… ¿Cómo te convertiste en recoge-muertos?
domingo, 21 de junio de 2009
Los computitos son los peores
He escrito con enojo en mi mente hoy.
Los eventos que predecieron el terrible hurto -y posterior rompimiento- del Pinot Noir Chileno de mi domicilio fueron los que les hicieron merecedores de mi odio eterno. De ellos, de los que tienen por subespecie el ser computito es de quienes me refiero.
Y todo por ser de chones ligeros.
Su perfil de beduino quijotezco y esos ojitos de chipirón me prendieron como piojo de hospicio. De modo que ni su proceder treekie o su pinche costumbre de escribir en el blog justo después de coger me molestó. Nothing, cero. Los indicios de este infortunio no me fueron prevenidos.
No demoró en suplir mis mimos por su j-unit, mis huevos cocidos por su nintendo, mi culo por el control remoto. Su perfidez se volvió insostenible.
Y no es que me dé por los remilgos, pero es luego se requiere ese delirium tremens di membrum et cogitum.
Yendo en coche por Constituyentes me detuve donde el elotero. Y no por mi gusto por los elotes, si no porque es bien conocido que se debe discurrir sobre hombres comiendo elotes. Decidí concederle un voto de fé. Me emperifollé, me corté el pelo y me depilé.
Lo encontré ingiriendo mi Pinot Noir con sus compinches ñoños, en uno de esos juegos de rol.
-Tu pelo tiene un nuevo color- me dijo.
-¡Me lo corté 10 centímetros! ¡Lo que mide tu pito de chocorrol! - contesté.
Y fue en ese momento que tomé el vino, corrí y rompí mi Pinot Noir en el techo de su coche.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Vete al sur
Había vuelto. El vivero, las tortugas, los top manta, el cielo azulísimo. Todo estaba ahí. Faltaban sus besos, mi sonrisa que enseñaba todos los dientes y sobre todo, faltaban sus dedos dibujando mi escote mientras me tomaba un cortado en la barra de esas islitas con café.
Pagué un euro y medio por el café (una ganga) y una sonrisa melancólica se dibujó en mi rostro ante el ¡Venga, guapa! del cantinero. Vi mi backpack naranja solo junto a esas bancas. Nunca había sido muy cuidadosa y las veces que perdí algo, me estaba esperando en la zona de “objetos perdidos”. Por eso es que esa pobre mochila sucia lucía tan abandonada. En un rápido movimiento la tomé y subí al tren rumbo a Sevilla. Ese bulto pesaba más de lo que recordaba.
Ya instalada en mi asiento de segunda clase, abrí la maleta. Hasta arriba encontré un Teddy Bear -Que raro, pensé- y con enorme curiosidad y prisa espulgué para que más hallaba. Una falda azul con vuelo y unas tanguitas con la leyenda “kiss me maddly”. -Muy sexy- pensé con una sonrisa torcida y me lo medí -muy pequeño para estas caderotas- .
El inventario que uno carga en una maleta dice más de ti que lo que tienes en casa. Esos siete, diez kilos serán tu vida un tiempo y hay que encontrar la manera de apachurrar bien lo indispensable, por eso me sorprendí tanto al encontrar ese oso de peluche.
El AVE aceleró y apenas me di cuenta cuando ya estaba en los suburbios de Madrid. En el 2007 y a 200 kilómetros por hora, era de los trenes más rápidos. En los de mi tiempo, sólo al arrancar es posible ver algo más que una mancha en movimiento.
¿Que mas hay? Una foto con dedicatoria me hizo envidiar a sus amigos. Un libro de Poncela y un encendedor. ¿Ya fumaba? una cajetilla lo confirmó. Recordé el placer que era fumar después de comer o con un café. Me maldecí por haberlo dejado. ¿Para que?, si al final lo que me ha de matar no es un enfisema.
Seguí espulgando con ansiedad. Cada objeto desempacado me indicaba que pertenecía a una persona muy diferente y lejana a mí. Sin duda, ella era alegre, desinhibida y con un gran futuro por delante.
Encontré su pasaporte lo comparé contra el mío. Mismo nombre, misma fecha de nacimiento, diferente cara. Su foto gritaba felicidad y la mía amargura. Y no eran las arrugas. Guardé todo antes de comenzar a llorar.
Sólo me queda esperar a mañana. Esperar haber activado las reacciones correctas al volver en el tiempo y nunca conocerlo.
Y no terminar refundida 30 años en una cárcel catalana.
lunes, 3 de noviembre de 2008
De las cosas que pueden pasar en un viernes de quincena cualquiera, a una persona cualquiera
Debió haberlo vislumbrado cuando, al dar un trago al florero le pareció la margarita mas detestable del mundo. Cuando vio que en realidad eran rosas, comprendió que ya estaba muy borracho. Las rosas siempre le han parecido deliciosas.
-¿Siempre tomas agua de rosas?- le preguntó ella con una sonrisa tan torcida que un hoyuelo de la nariz se le abría de más.
-Siempre.- Aseguró Mario con el convencimiento que viene tras 8 cubas.
-¿Sabes?, tengo rosas recién cortadas en mi casa. ¿Te gustaría un tesito? - le pregunto presurosa
-¿Con una nube de leche descremada? -
-Claro, como debe ser un buen te de rosas- y abrió aún más la fosa nasal izquierda.
Mario, hipnotizado por tan peculiar sonrisa, la siguió hasta el fin del mundo. Cuando el fin del mundo dice MOTEL PARIS.
Ella se adelantó para “ponerse cómoda”, mientras Mario terminaba con la transacción financiera con el encargado. “Ya valió verga”, pensó cuando vio que le faltaban 150 pesos para cubrir el importe de las 3 horas que cuestan en estos tiempos los niditos de amor. El encargado, comprensivo, aceptó que le pagase a la salida.
Como la comodidad verdadera sólo se encuentra cuando se está en pelotas, él se fue quitando la ropa para encontrarla a ella en el esplendor de todas sus colgantes carnes. Cerró los ojos y pensó en Adela Micha. Con la Micha en la cabeza y la otra debajo, se dedicó a hacer a lo que iba.
“Ya valió verga”, pensó Mario cuando la rigidez no era la suficiente para tan acrobática actividad. Culpo a la Micha y culpó al alcohol. Sin embargo, ella ponía ojitos de borrego con estrabismo y emitía gemiditos de ardilla apachurrada. Estaba fingiendo -por supuesto- y Mario se lo agradeció.
El final -de ella, claro- fue rápido y esperado, seguido de los halagos de siempre.
-Esta usted tan hermosa y delicada como un jarrito de tlaquepaque-
-¡Ay licenciado! ¡Que cosas dice!-
-Debe ser el agua de rosas, pero esta usted mas delgada que hace ocho días-
-¡Ay licenciado! Que cosas dice!- Mientras se enfundaba en unos calzones que bien podrían haber cobijado a un recién nacido o dos.
Ya iban saliendo del nidito de amor cuando Mario le dice con voz altamente varonil:
-Estelita, que pena, pero necesito que me preste 150 pesitos, el lunes se los repongo, preciosa.
-¡Ay licenciado! Que cosas dice!-
Y lo dejó en el Motel con la promesa de regresar por él y con los 150 pesos que sacaría de su tarjeta.
“Ya valió verga”, pensó Mario por tercera vez en esa noche, cuando al cabo de 50 minutos, Estelita no llegaba.”Ya valió verga”, volvió a pensar después de 2 horas y ante la mirada ganosa del encargado tuvo que aceptar el intercambio oral que le proponía para salir de ahí. “Si te la chupan sigues siendo hombre”-se convencía a sí mismo- “piensa en Adela Micha con bigotes”. Cuando la transacción terminó, Adela Micha estaría para siempre prohibida como fantasía sexual.
Salió del Motel París, encontrándose a Estelita estacionada. ¿Porque tardó tanto licenciado?. Mario se limitó a hacer un gruñido gangoso.
-¡Ay licenciado! ¡Que cosas dice!- rió ella con una coquetería que rivalizaba con el cortejo de las pingüinas del medio oeste de Alaska. Una vez sin su secretaria, se dirigió a su casa, con la esperanza que la borrachera sea tan fuerte, que olvidara lo que había pasado.
“¡Ya valió verga!” exclamó Mario fuertemente levantando las manos y llevándoselas a la cabeza cuando vio el auto de su suegra estacionado en la entrada de su casa. Intentando evitar la letanía de reproches sobre las horas de llegar y el estado inconveniente en el que venía que seguramente le proporcionaría su mujer y su chingada madre, Mario comenzó a subir el árbol que daba a la habitación de huéspedes.
La mujer salió al oir ruido. Un pájaro emprendió el vuelo. Un foco se encendió y Mario cayó de lo alto. “Ya valió verga” Exclamó la mujer al ver a Mario caer cual costal de papas gallegas. Mientras era llevado al hospital, la mujer y su chingada madre le reprochaban las horas de llegar, el estado inconveniente y la estupidez de subir árboles a esa edad y con esa complexión.
Mario descansaba en la cama del hospital. Por fin su mujer y su chingada madre se habían callado, puesto que se habían dormido. El Doctor entro a la habitación y le dijo la mala noticia:
-Ya lo he confirmado, es SIDA- dijo el Doctor con ecuanimidad
-¿Como es posible?- gritó Mario desencajado- ¡Si el encargado sólo me dio algunas chupaditas! ¿O sería Estelita? ¡Esa gorda caliente, buscona y mentirosa!.
-Esta confirmadísimo, señor.
-¡Pero ni sangre me han sacado!
-¿Que habitación es esta?
-La 4C- contestó la chingada madre
-Ah, entonces solo es un brazo roto, disculpen la confusión-
“Ya valiste verga”, adivinaba Mario el pensamiento de su mujer y su chingada madre.
lunes, 20 de octubre de 2008
Felicidad a contra reloj
Confiaba en su enorme talento para escribir y se consideraba una verdadera viajera, no una simple turista de foto de torre Eiffel y salsa valentina. ¡Ella conocía Europa, Asia y el norte de África! Se identificaba con la cultura y la gente. No tenía miedo de viajar sola, de dormir en estaciones de autobús o parques, de probar platillos extraños. Además, tenía una gran capacidad para transmitir estas experiencias y motivar a sus lectores experimentar el mundo y no necesariamente el de Disney.
Sin embargo, últimamente se sentía atrapada y sin rumbo. Ya estaba contra tiempo en la entrega de su texto “Enamorada en San Juan Puerto Rico”. -Enamorada, ¡ja!- se decía. Todos los hombres con más de tres neuronas la habían dejado. Demasiado egoístas para compartir con otro placer o dolor a cambio de intimidad. Sus amistades también la tenían harta. Metrosexuales carabonita que cambiaban su nombre mexicano por uno gringo, machitos con cigarro y pose de malote. Niños hijos de papi, putas sin remedio o feministas mariguanas.
Intentó releer algunos de sus antiguos escritos. Necesitaba volver a sentirse perdida y asustada. Enfrentarse a otros idiomas y costumbres. Caerse a lo más profundo y renacer con una cerveza, un beso o una canción. Arreglarse el pelo con flores, absurdos sombreros o peinarse con el mínimo sentido del gusto. No bañarse en días o meter los pies en una fuente. Ver estrellas que de otras latitudes no se ven.
Un mail interrumpió sus pensamientos. Su editor le proponía enviarla de misión secreta a un país africano: Kiundú. Lo buscó en la Wikipedia y no lo encontró. Él le aseguró que, aunque era una dictadura, había paz y seguridad para los extranjeros. Aunque la idea de ir a un país africano recién formado le asustaba –y no lo admitía- terminó aceptando. Algo tenía que hacer para romper con esa rutina que la asfixiaba. Además, sólo serían 10 días, ni uno más.
El viaje desde España a Uganda ocurrió sin grandes contratiempos. Cosa muy diferente pasó de Uganda a Kiundú. Tirada en el aeropuerto durante casi doce horas esperando su biplano empezó a notar el tercermundialismo africano. Sin oficinas de información, puercos y pollos encajados, gente orinando en la calle. Estuvo a punto de dar vuelta atrás y se preguntó si sobreviviría esta travesía. Además estaba ese insoportable olor a negro. Linda se preguntaba cómo iba a describir el humor africano siendo políticamente correcta. Apestaban un chingo. Así de fácil. ¿Almizcle y ajo?. No. Apestaban. Punto.
En Kiundú un precario y desordenado aeropuerto la recibió. La suciedad y podredumbre le mandaban señales de advertencia al cerebro. Ya era de noche cuando por fin le entregaron su maleta de medicinas y al asomarse a la calle poco iluminada, sólo había negros borrachos. -Perfecto, sólo falta que me violen- pensó. Todos la veían y le gritaban algo que no comprendía, pero los años que pasó caminando por el Distrito Federal, le indicaban que era algo así como Mamacitaaa, te ayudo a limpiarteee en kiusyaní, el idioma oficial de ese paisucho.
Ya en el taxi, rezó a un dios en el que no creía para que llegara sana y salva al hotel. Apenas hizo check in se encerró en su habitación. No quería salir nunca. Ni siquiera para comer. Trabó la puerta con una silla –gran medida de seguridad- y durmió con tal de no pensar. Despertó muerta de hambre. Probó un platillo parecido a la avena pero verde, acompañado de un jugo de algo que parecía guanábana, pero sabía a ajo con hierbas. Aún no terminaba de comer cuando ya estaba vomitando. Dos días después y habiéndose terminado los ensure que guardaba, tuvo que volver a salir de la habitación.
Con desconfianza, pidió un coctel de frutas en las que sólo distinguió la piña, pero estaba bueno. CocaCola -por supuesto- y pan. -El desayuno de los campeones- rió. Se sintió con la fuerza suficiente para asomarse a la calle y se dio cuenta que no era tan malo. Si un poco sucio, pero no más que la Portales. A su nariz ya no le parecía tan desagradable el olor de negro y hasta los pequeños niños desnutridos y llenos de mocos le parecieron bonitos -Muy national geographic-
Decidió explorar un poco más y se encontró un mercado lleno de colores, olores y sabores sorprendentes. La gente le sonreía y la invitaban a probar. -Nunca rechaces la invitación a comer de un extranjero- se recordaba como experta viajera. Caminó un poco más y en un jardín se encontró a varios negros vestidos con túnicas blancas practicando tai-chi. El contraste de su piel negra con las blanquísimas túnicas y el verde intenso era la foto perfecta. ¿Quién lo iba a pensar?. No había notado que sonreía cuando un negrote se le acercó y en un perfecto español le dijo “Acércate a practicar”.
Linda comenzó a imitar sus movimientos, poniendo atención en las facciones de su instructor. Por supuesto, su piel era obscurísima, pero sus facciones eran más bien delicadas. Por ejemplo, aunque su nariz era chata, no estaba apachurrada y dispersa por media cara. Sus párpados escondían unos ojos negrísimos con unas envidiables pestañas rizadas. El pelo negro le crecía en rastas. Se preguntó que sentirían sus dedos al pasarlos por ahí. Después bajó la mirada, buscando un indicio que confirmara aquello por lo que tan famosos son los negros. No encontró nada, pero se alegró de comenzar a pensar en sexo. Tal vez todo mejoraría.
Nyambura -el instructor- le confesó haber estudiado en Colombia y por eso la reconoció latinoamericana y le habló en español. Linda se sorprendió de que: Uno. Hubiera estudiado. Dos. Supiera donde estaba México. Tres. No apestara.
Mientras caminaban por las calles, Nyambura le explicaba la historia reciente de su país y sobre la revolución. Las muertes y porqué todos están contentos con el gobierno dictatorial. El dolor que sentía se reflejaba en sus ojos. Linda lo abrazó con empatía y no lo soltó durante unos minutos... comenzando a sentir eso por lo que son tan famosos los negros.
Se separaron con ternura, y el le prometió llevarla a una ceremonia de nacimiento por la noche. Linda se bañó y se acicaló a la usanza occidental. No sabía si a Nyambura le gustaría tanta falta de pelos y el exceso de mañas para tapar los olores propios del cuerpo. Pero de esa manera ella se sentía con mayor seguridad.
La noche era cálida, la luna llenísima. El se presentó con un traje de gala que consistía en un coordinado de gorro y minifalda de leopardo. Los músculos de su piernas y pecho le recordaban al David de Miguel Ángel, pero en vez de mármol, ónyx. Así de perfecto era él.
En la ceremonia, Linda era la única blanca y comenzó a sentirse especial, privilegiada. La tribu encendió una gran fogata y comenzaron a bailar con lujuria y sensualidad al rededor de la misma. Nyambura tocaba arrobado los bongós. Con los ojos cerrados, las manos firmes, el rostro emocionado. En ese momento Linda supo que tarde o temprano se lo iba a coger.
Y fue mas temprano que tarde cuando esa noche, Linda comprobó que era cierto lo que tanto dicen de los negros. Lo hicieron sobre una manta ceremonial, ahí en plena sabana con la luna iluminándolos y aullidos de algún animal de fondo. El olor almizclado de Nyambura, lejos de asquearla, la excitaba aún más. Se sentía como una leona siendo penetrada por una pantera.
Dos días después, Linda supo que estaba enamorada como adolescente. Kiundú era un país sorprendente, con imágenes que sólo había visto en fotografías, colores vivos, gente alegre a pesar de su pobreza. Y las noches eran sólo para los dos, cuando se convertían en dos animales de la sabana y cogían como si la sobrevivencia de la raza humana dependiera de ellos dos.
Una triste mañana, el hotel le informó que ya estaba contra tiempo y debía salir del país de inmediato. Corrió a migración buscando una extensión de su visa, pero le fue negada sin un bien fundado porqué. -Pinche país bananero, ¡si les estoy dejando mi dinero!- decía para sí misma entre lágrimas.
La despedida con Nyambura fue corta pero sincera, con promesas de su parte en regresar.
Ya en México, su melancolía le hizo escribir cuartillas y cuartillas de lo vivido en Kiundú. Había vuelto, había despertado de su letargo de escritor. Pero estaba hambrienta por más y sobre todo, hambrienta de su hombre de ébano, su gran amor. Envió sin revisar “Felicidad a contra reloj” a su editor y compró el primer vuelo a Uganda, vía España.
Sin embargo, no hubo medio de transporte alguno que la quisiera llevar a Kiundú. -No sin visa- le respondían tajantemente. Linda decidió no hacer caso y rentó un negro con un jeep destartalado para llevarla a su destino.
El viaje fue mucho peor que el anterior. Cayó enferma, los asaltaron, presenciaron muertes de refugiados de guerra... pero todo tenía sentido si al final llegaba al hogar que la hizo renacer. En la frontera, su paso le fue negado una vez más. Fue tal la algarabía que Linda armó para entrar que la llevaron ante la presencia del General de la Frontera.
Nyambura entró a esa sala disfrazado de militar ante la mirada de confusión de Linda.
- No debiste haber vuelto – La regañó con tono osco, seco.
- Necesitaba verte. ¿Que pasa aquí? ¿Porque estas vestido de militar? -
- Porque soy militar de alto rango. No debiste haber vuelto. Era un romance de vacaciones, grandísima estúpida- Linda comenzó a llorar -Kiundú es un país creado para turistas que quieren sentir una “experiencia” africana. Toda nuestra economía se basa en ello. Mira, sígueme.
Entraron por un pasadizo subterráneo en el que montones de negros trabajaban como hormigas. Se vestían con los trajes típicos que ella recodaba. Preparaban el fuego o se entrenaban para ataques militares actuados. Les pegaban mocos falsos a los niños y deschichaban a las negras.
- Las agencias nos envían el perfil del turista y, si son del tipo de aventura extrema, les preparamos algún ataque, la participación en un golpe de estado, o algo así- Aseguraba Nyambura- Tu, por ejemplo tenías una vida sexual lastimosa e intentabas callarla viajando para sentir que tu soledad te hacía fuerte, que te daba sentido. Aquí te dimos ambas cosas.
- Una especie de isla de la fantasía, con un límite de tiempo.
- Así es.
Linda no salía de su estupor. Había caído completamente. Era sólo una pinche turista. La habían impresionado montajes dignos de una película hollywoodense.
Volvió a México derrotada. No conocía el amor y tampoco era una temeraria viajera. Su editor, que conocía la estafa nunca le publicó algo más. Desde entonces, redacta los diálogos para los actores de “Noche de Leyenda” del colonial Querétaro y de vez en cuando ella misma toma el papel de Carlota de Habsburgo, cuando han matado a Maximiliano, su amor.
Dicen que llora bien, vaya usted a saber.
lunes, 13 de octubre de 2008
Entre sístole y diástole
Mónica
El reflejo de lo que fuimos aún me acosa por las noches. Aparece sin necesidad de asomarme al espejo, cuando estoy sola en mi cama y mis manos me tocan mientras fantaseo que son las tuyas. No hay problema, por la mañana sigues estando ahí donde te guardé, siendo ese aprendiz de amante con pretensiones de marido. El iluso aquel que pensaba que era lo suficientemente bueno para que dejara de ser yo y convertirme en esa especie de mujer que cambia su vida por un poquito de seguridad.
Sabía que te iba a ver. Por eso me puse ese vestido gris ajustado que revela mis nalgas y que odiabas que me pusiera si no era sólo para ti. Lo hice sólo para torturarte y para que recordaras lo que nunca más podrás tener. Me produce un placer enorme provocarte, saberme dueña de tus deseos y del control que tengo sobre ti.
Raúl
Sabes que tengo a alguien más. Alguien te lo tiene que haber dicho. Ella es buena y me quiere. Deja a un lado los orgullos y berrinches y me da tranquilidad. Tranquilidad que rompo algunas noches por semana, cuando me masturbo con las fotos que me mandaste alguna vez. La secuencia entre ellas es perfecta, aunque debo aceptar que más de alguna vez, en mi urgencia por tenerte en mi cabeza, brincaba hasta esa foto de la tina, donde estás boca abajo con el trasero y piernas revelados.
Nunca te busqué y se que eso te corroe. No pensaba arriesgar otra relación comercial por tu coñito, por mas embriagador que me sea su olor. Además que al no buscarte se que tengo el control.
2. RAZÓN
Mónica
¿Porque los hombres insisten en creer que sólo a través de ellos crecemos y vivimos? De lejos los veía ahí. Todos tan trajeados, tan correctos, tan llenos de razón por el hecho de tener una copa de cogñac en una mano y un cigarro en la otra. La pose perfecta para dominar al mundo y a nosotras, las mujeres.
No nos saludamos enseguida, incluso lo hicimos sólo de lejos a cejas y media sonrisa. De esos saludos fríos, sin rastro de habernos echado de menos. No sentí nada, ni siquiera deseo. Inmediatamente me di cuenta que no la trajiste. Me hubiera encantado conocer a esa criatura celestial, a esa virgen casi divina y angelical. Al parecer y por vez primera, la razón dominaba a mi deseo. Me alegré.
Raúl
Mientras hablaba con mis colegas, te vi pasar enfundada en ese vestido que llenas a la perfección. Me dio gusto ver que mi pene no respondía a ese estímulo, ni siquiera cuando de lejos me dirigiste una tímida sonrisa. ¿Será que has cambiado al estar lejos de mí? Lo mismo da cualquier respuesta.
Quizá en otro momento, esto me hubiera atormentado. Pero esta noche no. Esta noche tenía alguien que me esperaba, que quiere un futuro conmigo y que esta dispuesta a ceder para ser feliz. La razón había triunfado.
3. SINRAZÓN
Mónica
Maldito vino tinto. Comencé a sentirme relajada, dueña de lugar, segura y confiada de mi cuerpo, de mis movimientos. Bailaba de forma sugestiva con otros porque quería, porque soy mi dueña y no me debo a nadie. De pronto, mis ojos se detuvieron en los tuyos y la penumbra del salón se iluminó con tu mirada atascada de deseo. Al yo saberlo me excité aun más. Me mojaba estando tan cerca de otro y sintiendo tu mirada en mí.
Supongo que lo notaste, porque no guardaste el menor decoro al bailar así conmigo con semejante erección. No te importó que estuvieran todos tus clientes. Supongo que ya éramos chisme pasado o estaban todos alcoholizados, o ambos. Después del ¿Bailamos?, sólo dijiste ¿Nos vamos?
Raúl
Mi mirada se turbó ante el encuentro con la tuya. Mis sentimientos se confundieron y entré en un estado de abstracción, en el que el ruido, la gente, las luces apenas encendidas estaban en segundo plano. Me dirigí hacia ti y comenzamos a bailar sin siquiera saludarnos, hablar del clima, de la cena o de cualquier otra pendejada más. Nuestros cuerpos se movían como uno sólo. No necesitaron nuestro cerebro para saber lo que es estar juntos, cómo moverse y qué centímetros de piel tocar y dejar de tocar para prolongar el placer.
Cuando te propuse salir de ahí, caminaste sin contestar, como si el irnos al motel de siempre hubiera sido tu idea. Caminabas dos pasos adelante de mí. Decidida, sin voltear atrás. Por eso no viste cuando te alcancé y te agarré por detrás contra el coche, subiéndote el vestido y sintiendo tus nalgas contra mi miembro duro, mis manos en tus pechos y mi boca en tu cuello.
4. DESCONTROL
Mónica.
El rancho en el que estábamos estaba muy lejos de nuestro motel favorito. Nuestras manos hurgando por debajo de la ropa tampoco ayudaba mucho, por lo que no pude estar más de acuerdo cuando te saliste de la carretera y me dijiste ¿Aquí?
Abriste el quema cocos de tu coche y por un momento, las estrellas que se colaron me hipnotizaron. Me levanté y salí a verlas. Decidiste recorrer mis piernas, quitarme la ropa interior y recorrer con tu boca ese pasaje hasta mi sexo. Cuando bajé a la seguridad de tu coche, ya no tenía ropa y tu sólo tenías la necesaria.
Nunca he comprendido esa dualidad entre sentirme tan libre y tan amarrada al mismo tiempo cuando estoy contigo. Completamente desnuda ahí, a la orilla de la carretera me sentía como niña corriendo, como ave volando. Pero al sentir tu miembro hinchado dentro de mí me sentía más tuya que mía y mucho más de lo que alguna vez lo fui con alguien mas. Como si lo que deseaba cuando era joven aun tuvieran cabida en mi realidad.
Raúl
Cuando te levantaste, tu aroma inundó mi cerebro y procedí a saborearlo. No te veniste, pero comenzabas a gotear cuando bajaste desnuda, con tu sonrisa torcida y la mirada encendida. Te sentaste sobre mí, no sin antes acomodarte para recibirme como tantas madrugadas en las que quedabas rendida en cuerpo y alma.
Me movía dentro de tí con fuerza, a pesar de la dificultad del volante. Mis manos y boca recorrían tu boca, cuello y pechos, buscando que todos los centímetros de piel que pudieran tocarse lo hicieran. Sabes donde encontrar el placer y lo buscas. No tienes vergüenza en sentirlo y mucho menos en dejar que tu garganta lo exprese.
Me tomé unos instantes para mirarte abandonarte al placer, para reconocer tu existencia en la mía y a la vez, tan fuera de mí. En la que el largo de tu cuello y tus pezones erectos son más reales e imponentes que los sentimientos que te llevaron a estar en este momento refugiando tus ansias en mí.
EPÍLOGO
Mónica
No nos dijimos una sola palabra cuando volvíamos a la fiesta. Me arreglaba el cabello y el maquillaje buscando ocultar los residuos de lo que acababa de pasar. Me alegré al saber que aun tengo esa influencia. Que para hacer rendirte ante mi cuerpo, soy mejor que tu, cuando buscas que mi alma se rinda ante ti.
Raúl
No es necesario decirme algo para saber que cada vez que lo hacemos muevo tu universo. Se que el maquillaje que arreglaste fue causado por alguna lágrima derramada. Una quizá de melancolía otra de ver tus barreras caer. Como sea, sabes que soy el único que puede hacerte pensar que puedes ser diferente y aceptar lo que te ofrezco, porque aunque lo niegues, soy mejor que tu.
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