Este blog personal estuvo activo de marzo de 2008 a julio de 2010. La continuación está en jeri4queen.blogspot.com

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jueves, 1 de julio de 2010

Delfina

Encontré a Delfina muerta en la alfombra del estudio. En realidad estaba medio muerta, ya que su abdomen subía y bajaba con prisa, como queriendo sacarle el oxígeno al aire. Su cuerpo rojo tornasol aún tenía rastros de agua y los ojos sin párpados me suplicaban la salvación de su alma. Pinche Delfina, volviste a saltar pa’ fuera, le dije al mismo tiempo que mis dedos la recogieron con cuidado y la aventaron de nuevo a su hogar. La pez beta cayó directo al fondo de su pecera sin que su cuerpo ofreciera un poco de resistencia; una piedra habría caído más rápido. No sé cómo no se murió del golpe de haber caído del tercer nivel del librero, donde solía nadar en círculos dentro de su tranquilo y acuoso hogar con fondo de piedras de cristal rojas y azules. Ya antes había saltado fuera de su pecera, pero yo había estado ahí para ayudarla a regresar. Los brincos altos comenzaron un día que estábamos jugando en la mesa de la computadora. En realidad, ella nadaba y yo intentaba terminar mi tarea de psicología. Le acerqué un dedo a la superficie y la reté a morderlo. Obediente, Delfina pegó un brinco y sentí un leve pellizco en el dedo índice. Reímos las dos. Desde entonces comenzó a brincar al verme y al escuchar su nombre, por lo que un par de veces cayó sobre la mesa. Antes, Delfina era sólo “la pez”. Se ganó su nombre por dar brincos como delfín por fuera de la línea del agua cuando llegaba la hora de comida. Nadaba desde el fondo de la pecera moviendo su cola en rápidas ondas hacia la superficie y ¡splash! brincaba salpicando agua. Al alimentarla, yo le hacía una lluvia de hojuelas: tomaba esas diminutas ostias con olor a pescado y tras machacarlas en el puño, las esparcía en su pecera. Supongo que por eso comenzó a nadar con fuerza de arriba abajo demostrando su alegría. Con el tiempo, no sólo aprendió a brincar hacia arriba, sino que también lo hacía en diagonal.

martes, 25 de mayo de 2010

Negra de Piedra

Aun era temprano para la cita con esa morra, Yvon. Estaba decidido: si esta noche no me las daba, no tendría otra oportunidad. Y es que dos cines y tres comidas eran mi cuota máxima. Pinches regias, se hacen mucho del rogar… aunque las nalgas de ésta valían el aplastarme dos horas en una butaca viendo una película romántica, de las que sólo les gustan a las viejas. Sólo dos horas más.

El sol de mayo pegaba con madre y tenía la sed aperrada en mi garganta. Por eso, mientras manejaba por Garza Sada, no lo pensé dos veces; entré al Chilis para perder el tiempo chingándome una cerveza y viendo repeticiones de partidos de futbol. El primer trago me regresó a la vida; servida directamente del grifo, la cerveza estaba bien muerta y su sabor amargo se quedó en mi lengua. Sentí al eructo salir desde mi garganta y abrí mi boca para dejarlo salir como uno de esos pedos que te revientan el culo. Siempre lo hago así, a pesar de las miradas castigadoras de las doñitas come-brownies. Me empiné lo demás en unos cuantos tragos, lo que aumentó mis deseos de mandar a la chingada a Yvoncita y quedarme con esta Rubia Superior.

Pero a veces manda más la verga que la garganta, por lo que pagué y salí del lugar. En el estacionamiento, el sol de las 5 de la tarde chingaba reflejándose en los vidrios de una camioneta. El sol no me molesta tanto como la cantidad de mamones que hay en esta ciudad. Mientras esperaba que el ballet trajera mi coche, escuché un estruendo que me hizo voltear a mi derecha; ¡trae un arma! gritó una vieja y se tiró al piso, aventando a un lado su bastón. Ya valió madres, pensé mientras me aventaba pecho tierra y me cubría la maceta con mis manos; como si mis pinches deditos fueran una gran protección contra los balazos. Mi corazón estaba acelerado y sentí un ardor en la parte baja del cuerpo. Del panzazo hasta la respiración se me fue. No sé cuánto tiempo duró la balacera, pero a mí me parecieron horas. Respiraba como perro correteado cuando los balazos terminaron. Muévete cabrón, capaz de que regresan me ordené pero mi pierna izquierda no respondió. Volteé a ver qué pasaba y una mancha de sangre salía del muslo y manchaba mis levis. De menos no me dio en los huevos, dije antes de desmayarme.

Aguante, va a estar bien repetía a gritos alguien que me jalaba hacia una camilla. Cuidado con mi pierna, susurré o pensé, ya ni sé, porque del dolor me volví a desmayar. De pronto, mi nariz recibió una fuerte dosis de olor a medicina y alcohol. Abrí los ojos y vi como ventanas, puertas, enfermeras, paredes verdes y accesorios de hospital pasaban rápidamente a mi lado. Comprendí que iba acostado en una camilla, que me habían dado un balazo y que no estaba soñando. El dolor en el muslo izquierdo era demasiado real. Las llantas de la camilla se detuvieron y pude ver las vendas que contenían la sangre de mi muslo. Además llevaba una bata maricona con las nalgas de fuera que estaba empapada de sudor. ¡Agua, agua! comencé a rogar. Mi voz apenas y salía; sentía mis sesos apachurrarse contra los ojos, como queriendo desorbitarlos.

Tiene calentura, me dijo alguien y puso algo en mi suero que me hizo volver a dormir.

El sol calienta mi espalda pero no siento ninguna incomodidad . Estoy tirada, sí, tirada de panza sobre la arena sintiendo como cada grano se clava en mi piel. Miro mis manos: negras, negrísimas y pequeñas. No necesité voltear a mi entrepierna para comprobarlo; soy una mujer, soy niña, soy una negra. Lo que no sé es que vivo con hambre y sed, entre la suciedad y la podredumbre. Eso me di cuenta como espectador, que entre alucine y alucine alcanzaba a oler la comida podrida, la caca almacenada, el agua encharcada. Sin preocuparme por las infecciones, me revuelco en el agua verdosa para refrescarme; me tiro de panza a la arena gruesa y ruedo hasta lograr que las diminutas piedras se peguen a todo mi cuerpo hasta parecer un monstruo de piedra. Una figura de la que sobresalen sólo los grandes ojos negros y el pelo sucio y enmarañado. Escucho a mi voz infantil decir palabras inentendibles y sonidos guturales que imitan a un tigre o quizá a un león. Un hombre blanco con el rostro cubierto de pelos ríe agarrándose del estómago cada vez que paso corriendo junto a él. Llama mi atención llamándome Negra de Piedra mientras me muestra un gran vaso de agua limpia. Froto mis palmas una contra la otra para quitarme la arena de las manos y con timidez tomo el vaso de agua. Limpio mis labios con mi mano y comienzo a beber; mi estómago se infla apenas trago. Eructo, devuelvo el vaso y corro gruñendo en sentido contrario, escuchando cada vez más lejos las carcajadas del viejo barbón.

Casi no la cuentas güey, reía Mauricio sentado junto a la cama. Tenía que ser Mauricio, el más estúpido de mis amigos, el que cuidara mi convalecencia. Podía soportarlo borracho, pero un balazo en mi muslo me había hecho perder el sentido del humor. Vete a la verga cabrón, le respondí enojado y queriendo soltarle un putazo. Con esto, sólo logré zafar la aguja que tenía clavada en la muñeca y que el suero, las sales o la chingadera que me estaban metiendo por las venas me quemara la piel. Mauricio accionó una alarma y una enfermera vino a reacomodarla, amarrando mi muñeca con una pulsera de plástico apretada.

Sí. Los grilletes están apretados. Unidos por una cadena, tengo un par en las manos y otro en las piernas. Estoy de pie en una fila de negras mucho más grandes que yo mientras el barbudo que me da agua habla al frente con otros hombres blancos. El viento es fuerte y las nubes grises casi negras están a punto de llover. El olor a sal y a pescado podrido entra por mi nariz. Unos hombres semidesnudos salen de las casas de madera cargando costales sobre sus hombros; también van en fila y también están encadenados. Me paro de puntitas y trato de ver hacia donde van, tal vez y hacia allá voy yo. El mar comienza a azotarse contra la arena con más frecuencia y fuerza, por lo que los blancos se acercan con prisa, dan una rápida revisión a los dientes. A los elegidos les colocan un grillete en el cuello. A mí me parece que lo del cuello es muy elegante y sonrío para que me elijan. Pero no, el blanco elige a la mujer de a un lado y ni siquiera me mira; entonces el barbón le dice algo y aquel levanta las manos, lo que hace que me gane mi ansiado collar.

Desperté tosiendo, aún sentía los grilletes en mi cuello. Ya estoy hasta la madre de dormir enfermera; tengo un chingo de alucinaciones culeras, le dije a la chica que llegó a auxiliarme con la tos mientras me llevaba las manos al cuello. El sudor y el ardor en la muñeca continuaban; del balazo ni me acordaba. Ella dijo algo de una infección, de sacar el bicho por el sudor, de mi muslo en recuperación y del hambre que me tengo que aguantar porque hasta que suena una campanada puedo levantarme de esta enorme caja de madera en la que estamos todas acostadas hombro con hombro, con las manos extendidas sobre la cabeza y los grilletes de todas encadenados entre sí. Siento al mar moverse en la madera de mi espalda y hay otra tabla arriba, a escasos cuerpos de distancia sobre nosotras. Puedo escucharlos. Escucho sus quejidos y huelo su sudor almizclado. Estamos como zanahorias en caja. Es momento de la limpieza: cierro los ojos y contengo la respiración. El agua que nos lanzan podría ser refrescante si no fuera porque a nuestro lado pasa la mierda que cagan nuestros cuerpos mal alimentados. Lo bueno es que del baño sigue la comida, esa papilla llena de grumos de harina me sabe deliciosa; es caldito de pollo mijito, me dice mi madre. Lloro al ver sus ojos preocupados; vino desde Guadalajara la pobre mujer. El calor de la sopa me reconforta, así como los trapos húmedos que me pone sobre la frente para contener la calentura que provoca la pinche infección. Uso las fuerzas que me quedan para levantar mis párpados, mi madre se da cuenta y me dice que descanse, que vuelva a dormir. Me toca los ojos con sus manos y me besa en la frente. Yo no quiero volver a esa caja hedionda que se mueve sobre el mar. Pero me seducen sus caricias y siento sobre mí todo el peso del cuerpo frío de la negra que antes estaba a mi lado. Su peso me asfixia y me cuesta mucho trabajo respirar. No puedo respirar mamá. Intento moverme, pero los grilletes hacen su trabajo y me mantienen en el mismo lugar. Grito pero nadie escucha. Grito y grita mi madre, ¡llamen al doctor! Estoy desesperada y siento el miedo en la panza, como aquella vez que perdí a mi madre en el súper. De pronto mi cuerpo se relaja; estoy tranquilo, estoy en paz, escucho el sonido constante en el monitor y siento mi cuerpo flácido sobre la madera.

viernes, 26 de marzo de 2010

3/15 Chilangas

III.

Los zapatos de tacón le dan significado a ser mujer. Como aquellas, son bellos y tortuosos. Vienen mil texturas, colores y formas diferentes. Cada par tiene un alma gemela en forma de vestido y sus accesorios. Aunque por supuesto, ser infiel de vez en cuando con un pantalón no es pecado mortal. Pero sobre todo, sólo con los zapatos de tacón es posible anunciar una entrada triunfal.
Por eso comencé a coleccionarlos y después, a usarlos.

Mi esposa dijo que era un fetichismo enfermo. Mi madre, que era la crisis de los cuarenta. Por fortuna, mi padre está cremado, de lo contrario se hubiera levantado de su tumba. Yo sigo sospechando que en realidad lo que les molesta es la idea de compartir el poder que siete centímetros más de alto les da.

Con lo que me sobró del divorcio, renté un departamento y me compré vestidos que les hicieran juego. Me tomó un poco de tiempo para aprender a andar bien en tacones y vestidos. Tuve que acostumbrarme sentir la tela sobre mis pantorrillas y el aire correr libremente por mis huevos. Pero una vez dominado el paso, comencé a salir vestido de mujer.

Afortunadamente, para que en esta ciudad llames la atención, debes pertenecer a alguna tribu urbana de moda, como emos o darketos. Por eso, el llevar vestido y tacones siendo un hombre delgado, lampiño y sin facciones toscas, pasa por completo desapercibido. Siempre tenemos tenemos mucha prisa por esquivar al de enfrente, como para tomarnos unos segundos y pensar si el bulto casi atropellamos es hombre o mujer.

Los pocos amigos que me quedan y con quienes salgo muy de vez en cuando (siempre bajo la advertencia de ir vestido de machín), me preguntan si me siguen gustando las mujeres. Como si alguna vez me hubiera vuelto maricón. No los critico y tampoco esperaba que me entendieran cuando decidí mostrarme como soy: un hombre que gusta vestirse de mujer.

Enseñarme tal cual soy es lo más difícil que he hecho. Al sincerarme con la gente que me importa a pesar de prever su reacción, su negativa y su crítica fue una patada en los huevos. No había salida más honesta me repito cada vez que la incertidumbre, la soledad y la depresión amenazan mi cabeza. Cuando el dolor de saberme negado o minimizado vuelven en cada llamada o reunión familiar.

“No es más que ropa: tacones y vestidos”, les repito sin éxito y con la esperanza de ser aceptado. Pero bueno, supongo que si voy a andar triste por la ciudad, es mejor hacerlo en tacones.

martes, 23 de marzo de 2010

Los budistas son los peores

Hace algunos años, cuando era más joven y menos sabia, vivía en Madrid. “La calor" -como dicen en aquellas latitudes- aún se negaba a mostrarse por completo, no así mi calentura. Habían pasado 4 meses desde mi cambio de continente y la misma cantidad tiempo sin que nadie me hiciera un "favorcito" (aunque fuera malo) y como que ya tenía cosquillas.

Estábamos en una borrachera cuando conocí a Malik, un francés tan bonito que me hizo preguntar si no era yo medio lesbiana: ricitos rubios, ojos claros, nariz aguileña, pestañotas… ya saben, una niña sin tetas. Los ebrios del lugar eran en su mayoría eran latinos, por lo que la conversación sudaca / competitiva había alcanzado un punto álgido: colombianos y venezolanos estaban a punto de volverse a declarar la guerra por el control de la frontera.

Con el fin de no participar en divisiones políticas que atentaran contra los ideales de Bolívar y San Martín, busqué al güerito franchute. Comenzamos a platicar de temas internacionales de gran relevancia, como el impacto de la guerra franco-prusiana como disparador económico del sorgo alemán. Malik comenzó a hablar muy entusiasta, casi como un orador de las naciones unidas. En mi semiebriedad me di cuenta de su nulaebriedad. Le pregunté la causa de su abstinencia y mirándome directamente a los ojos me dijo: “Soy budista y no necesito el alcohol para divertirme”.

(tó-ma-la, pin-che bo-rra-cha)

miércoles, 17 de marzo de 2010

2/15 Chilangas

II.

El sol aún no se asoma tras esos cerros y volcanes cuando salgo a trabajar. De un portazo estoy fuera de mi casa y escucho al viento azotar unas contra otras las hojas que les quedan a los árboles de Tlalpan. El ruido de periódicos y botes vacíos arrastrándose por el piso me hacen resguardarme en el marco de la puerta, en un intento por evitar que el polvo me entre a los ojos. Esta siempre ha sido mi ciudad y sé cómo cuidarme… hasta de esos vientos invernales.

En ocasiones me he preguntado si en el fondo no soy más que una pueblerina. Y es que las calles angostas y empedradas de Tlalpan dejan fuera al tráfico de la ciudad. Caminando de la mano de Eugenio me enamoré del quiosco que adorna el centro de su plaza, del elotero, de los hippies que venden collares los domingos. Mi cuerpo comenzó a tornearse por devorar los tamales de la esquina -con champurrado y en torta-, el pan y la cerveza de la Jalisciense. Ya no temo a los borrachines meados y tirados, a los teporochos o a la loca de negro que pasea por las noches.

A lo lejos, escucho a los perros que ladran y a los coches que rugen. La Ciudad de México está despertando. ¿Acaso durmió? Yo, al menos, no.

El viento se llevó la flojera que la combinación de baño y café no habían podido sacar de mi cuerpo y comencé a caminar con pasos decididos. No había tiempo que perder, que los minutos chilangos avanzan más aprisa que en el resto del mundo y aún me quedaba más de medio Insurgentes para llegar al trabajo.

A pesar de la prisa, no pude evitar el detenerme en aquella lomita desde donde se ve cómo la ciudad quiere escapar de sí. Donde por cada luz hay una persona, con sueños, esperanzas, problemas y decisiones por tomar. ¿Qué se sentirá ese idiota por dejar a su perro congelarse en el techo? ¿Qué usará por la mañana aquella que dejó los calzones en el tendedero? Y el dueño de ese coche destartalado, ¿Cuándo lo irá a tirar?

Desde la primera vez que las vi, le dije a Eugenio que eran estrellas en el piso. Sus ojos científicos se entrecerraron y las cejas muy juntas me hicieron ver que su cerebro se había puesto a funcionar -Es la capital tratando de opacar a tus amadas estrellas y yo digo ganó- agregaba sólo por chingar. Entonces se reiniciaba la vieja discusión sobre hombres y estrellas. Pleitos de astrónomo con antropóloga que no buscaban encontrar un punto en común en otro lugar que no fuera nuestra cama.

Y es que en realidad no importaba mucho el no convencernos de teorías y prácticas, cuando apenas hace algunos meses nos habíamos convencido que nos era imposible dormir sin ver antes el resplandor de nuestros ojos. Entonces supimos que la pelea entre luces artificiales y estrellas tenía un ganador.
 

martes, 16 de marzo de 2010

¿Quién es el que anda ahí?

Así como en invierno escuché a los queretanos quejarse del inaudito diluvio que desbordó el río, en este verano las voces escupen la misma cantaleta que asegura lo inusitado de este calor. Los más viejos aseguran que el fin del mundo está cerca mientras se refrescan con agua bendita. Tienen razón en santiguarse; en un asilo ya han comenzado a morirse algunos rucos, deshidratados como chapulines en comal.

Yo estoy tirada en el sofá de mi sala y procuro no moverme más que para lo indispensable. Chorros de sudor recorren mi cuerpo y pienso en tomar otro baño. Pero la pesadez se une a mi hueva y me dedico a cambiar de canales del televisor. Con esto, sólo muevo un dedo.

Me detengo en las noticias de Querétaro. Frente al palacio de gobierno está una señora que respira con dificultad y que habla sobre la prevención de los golpes de calor. La doñita aconseja tomar mucha agua (¿en serio?), salir a la calle con ropa clara y la cabeza cubierta con una sombrilla o cachucha (¡nunca se me había ocurrido!), no hacer deporte a medio día (¡uy! ¡Justo cuando iba a dejar mis 10 años de inactividad física!) y estar al pendiente de las diarreas (aunque no especifican si mentales o de caca). La cara roja de la “reportera” mira fijamente a la cámara y con ojos secos hace énfasis en las palabras CALOR y EX-TRE-MO. ¿A qué idiota de TVAzteca se le ocurre poner a otra idiota a hacer precisamente lo contrario de lo que aconseja?

Decido dejar de escuchar pendejadas. Recargando mis manos en el sofá, aviento mi cuerpo hacia adelante, obligando a mis piernas a levantarme de ese sillón. Apago esa caja tonta y tomo un libro del mueble. El Bar del Infierno de Dolina pesa como si fuera el Quijote de Cervantes.

Abro la ventana que da a la calle y me asomo al balcón, sin importarme mucho que alguien me vea en calzones. ¿Quién en su sano juicio sale al infierno en domingo? Cierro la ventana, no quiero que el aire caliente invada mi pequeña sala.

Dejo que mi cuerpo se azote nuevamente contra el sillón mientras descanso mi cabeza en el posa brazos. Mis ojos recorren la alfombra y encuentro a un insecto que avanza con gran dificultad. Al principio pensé que el grillo tenía tanta hueva y calor como yo, pero en realidad le falta una pata.

El animalito estaba en mi camino a la televisión, por lo que la probabilidad de que yo haya sido su verdugo es alta. Me da un poco de pena el grillo: sin caminar, está destinado a ser rostizado como los rucos del noticiario. Debería matarlo... ¿para qué prolongar su sufrimiento?
Pero eso significa volver a levantarme de mi sillón y ya estoy acomodada en la flojera. Mala suerte grillito cantor.

Gazpacho, mi perro duerme sobre el piso. Tiene la lengua de fuera y su pecho se mueve con cada jadeo que sale de su hocico. Sus ojos se entrecierran y la baba ensucia mi ya puerco piso. “Eso te pasa por ser negrito Gazpacho” le dije con empatía. Pobre, sufre más que yo en esta parrilla que tengo por departamento.

Aún estaba pensando si tendría la energía necesaria para sostener el libro con mis manos, cuando el perro demostró tener más fuerza de voluntad que yo. Incorporándose con lentitud, como si moviera sólo un músculo a la vez y acercó su nariz al grillito cantor.

El perro ladea la cabeza y olfatea alrededor del grillo. Me pregunto si huele a la muerte. La baba ya chorrea sobre el asustado grillo cuando Gazpacho lo pisa sin demasiada fuerza, como si intentara animarlo en vez de matarlo. Comencé a silbar la canción de Crí-Crí para darle solemnidad a la escena. En un instante, el grillo se retuerce y da algo así como un brinco, lo que provoca una reacción similar en Gazpacho, pero hacia atrás.

Cuando el perro se da cuenta que no corre peligro, vuelve a acercarse al grillo y lo empuja con la nariz. El grillito cantor seguía vivo e intentaba brincar con desesperación. Me parece que perdió otra extremidad en la batalla, porque ahora sus movimientos son más erráticos.

-Gazpacho, deja de estar jugando con el grillito cantor y de una vez por todas mátalo- le ordeno.
Los ojitos de mi perro me ven al escuchar su nombre. Mueve ligeramente la cola y alza las orejas cuando voltea a ver al grillo. En un ágil movimiento, Gazpacho agacha su cabeza al y da un pequeño salto; toma al grillito cantor con el hocico, triturándolo con sus dientes. Acto seguido, escupe el cadáver. Lo pisa un par de veces más y cuando se asegura que está bien muerto, vuelve a su lugar en el piso a retozar.

-Gazpacho, tráeme unas cervezas del refri- le ordeno una vez más.
Esta vez, el perro no obedeció.

martes, 9 de marzo de 2010

Chilangas - 1/15

Voy a hacer 10 o 15 cuentitos de chilangas
y después las juntaré en un lugar 1000% capitalino.
A ver que tal.


I.
Desde que me bajé del autobús, el Distrito Federal me pareció repugnante. La gente salía de todos lados: taxis, coches, camiones, casas, cielo. Seguro que hasta de las coladeras, pensé. Y es que el ruido que provocaban en sus comercios y autos me azotaban los tímpanos. Pero mi sentido más afectado era el olor, ya que la pestilencia del drenaje se mezclaba con el olor a garnacha y a smog. La sensación de nausea era constante.

Llegué a la capital para abortar, no era una turista buscando antros, museos y conciertos. Sólo era una persona que se había equivocado y que tenía que hacer una corrección. Porque podía cargar con orgullo la bandera de “La Amante”. Escandalizar a una sociedad provinciana y mocha es divertido y gratificante; te pone en un lugar visible entre esa masa homogénea de gente.
Además, soy dueña de mí. ¿Cierto?

Tomé un taxi y cuando le dije al chofer mi destino, una mirada de reprobación se reflejó en el retrovisor. Como si nunca hubiera recibido una de esas. Durante el camino y como un padre sobreprotector, me sermoneó con la verborrea sobre el milagro del nacimiento y la santidad de la familia. Como si nunca hubiera recibido un sermón así.

Íbamos llegando al Chiquihuite, cuando la lluvia comenzó a formar ríos y la tierra del cerro comenzó a rodar cuesta abajo. “Como que alguien no quiere que llegue, señorita” me dijo mi moralista conductor. Pero ni el sermón, ni las mantas de pro-vida o los folletos de adopción que acompañaron el trámite no me hicieron cejar en mi decisión de corregir.

Por supuesto, aborté. No tenía ilusiones para ese ser destinado a crecer, nunca lo deseé y por el tiempo que estuvo en mi cuerpo, ni siquiera lo consideré humano. Era un intruso más en mi vida. Tal como lo fue el taxista que me dejó en el lugar, la enfermera que me atendió o su padre.

Los siguientes días se me fue la vida mientras dormitaba en esa cama de sábanas ásperas de un motel cerca del Circuito Interior. Cuando tuve fuerzas para levantarme, corrí la polvorosa cortina que me descubrió una avenida repleta de coches. Era de noche y cuando entrecerré mis ojos, un río de luces en un cauce de concreto apareció ante mí. Esa agua luminosa fluía en perfecto orden y sintonía.

Por eso me quedé a vivir en esta ciudad. Estaba cansada de llevar la contraria sólo porque sí, por no ser igual.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Esa no soy yo

Derrotada sobre mi cama, escucho el agua caliente caer sobre el acrílico en el fondo de la bañera. Una espesa capa de vapor se extiende y abarca todo. Cuando entro al baño, esa neblina intenta escapar de la habitación. Cierro la puerta, aún estoy vestida. Son cuatro días ya con la misma ropa; uno más y ese conjunto de pants y sudadera se fundirá con mi piel.

Abro la cortina: el agua que contiene la tina apenas va por la mitad. Decido esperar, el melódico choque de agua contra agua me reconforta. Comienzo a desnudarme con pereza. Saco el pants con todo y calzones ¿En qué momento me puse doble calcetín? No logro recordar ni me importa mucho hacerlo. Camiseta y sudadera salen por la cabeza, embarrando mi olor en la nariz.

Sé que huele a mí, pero no lo reconozco. Le falta sus feromonas, le falta su sudor.

Aunque estoy desnuda, no siento frío. La piel se humedece y el vapor me abraza, respiro el agua y siento el calor invadiendo mi cuerpo. Limpio del espejo de esas gotitas condensadas y miro mi reflejo. No me encuentro, esa no soy yo. Mis ojos no tienen vida, mi nariz está chueca y mi boca es demasiado delgada. Esa no soy yo.

Abro el agua fría del lavabo, la recojo con ambos manos y la vacío en mi rostro. La temperatura me despierta, pero no me hace reaccionar. Vuelvo a inspeccionar mi reflejo tratando de encontrarme, pero hasta el color de mi piel cambió.

Despacio y con suavidad toco mi rostro, bajo por el cuello y me detengo en los pezones de mi pecho. La punta de mis dedos acarician y después presionan. Nada. Mis yemas no reconocen la piel. Apenas y siento, apenas y vivo.

El agua casi desbordándose me despierta del letargo exploratorio. Cierro la llave y olvido a la del espejo, mientras me sumerjo en la bañera. El agua está caliente y mi cuerpo duda por un instante, pero me obligo a entrar de golpe, hundiéndome por completo.

Sumergida, escucho mis movimientos y siento mi cabello flotar. El agua que me rodea logra calmar el vacío de mi pecho, me reconforta y me da paz. Sostengo la respiración lo más posible; no quiero salir de ese útero materno, no quiero sentir la realidad.

Pero mis pulmones no obedecen mis deseos y me obligan a salir. Bocanadas de aire húmedo se traban en mi garganta y comienzo a toser. Procuro relajarme, no quiero causarme un ataque de ansiedad.

Recargo mi cuello en la orilla de la bañera, pero no cierro los ojos porque sé que en el instante que lo haga, esa imagen que sigue en mi cabeza aparecerá. Me incorporo para alcanzar el estropajo y el jabón. Con torpeza levanto mi pierna derecha y el chapoteo que provoca al resbalar de la orilla me hace sonreír. Vuelvo a subirla, ahora con más decisión. Tallo el tatuaje que está en mi pantorrilla, ése sí que no se va a ir.

Continúo tallando mi cuerpo con fuerza. Más que limpiar, quito. Remuevo sus manos, su semen, sus besos. Suprimo mis deseos, mis ansias, mis ganas de no ser yo. Lo arranco de mi sangre, de mis vísceras, de eso a lo que él llama alma y yo le digo ser.

El agua comienza a enfriarse y el aire ya no es húmedo; sé que en poco tiempo el frío me comenzará a invadir. Retiro el tapón de la tina y siento cómo el agua recorre mi cuerpo, lo acaricia con ternura y se lleva por la cañería aquello que no quiero más en mí.

Salgo de la bañera y vuelvo al espejo. Del pelo escurren ríos por mi cuello y pecho. Siento su recorrer por mi cintura y mis nalgas. Mi vista sigue su cauce, no quiero mirar algo más. Pero es imposible no enfrentarlos. Encaro a esos ojos cafés que se sorprenden al ver el agua que surge de ellos. ¿Cuándo comencé a llorar?

Mis pupilas se clavan en las del reflejo y descubro un ápice de mí. Por fin, empiezo a reconocerme, a liberarme de él.

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Hoy escribí esto en el taller de escritura. Cuando comencé a redactarlo, ni siquiera lo planteé así. Sólo era un cuento de alguien que no reconoce su reflejo, no supe que era yo. Pero conforme escribía, algo en mi pecho se encendía y emanaba un calor que no sé si se reflejaba en mi cara. Mi respiración se agitó un poco y cuando me dí cuenta que era yo, lo escribí en automático... Pero no lloré. Lo leí en voz alta y ante todos y no lloré.

Esta tarde lo edité. Tenía que ser hoy. No importa que no haya pasado por el visto bueno y consejo de mi maestro, no importan los gerundios, estructuras o adverbios.

Porque esta soy yo. Y porque por sentir eso es por lo que escribo. Porque sacar las cosas en letras es como funciono.

jueves, 7 de enero de 2010

Hot Cakes

En este cuentito, tenía que manejar a seis personajes en un hecho trivial.
Gracias a Agustín Fest, por los comentarios :)

Aquel domingo, Pedro quería verme para desayunar. Yo agonizaba, por lo que llamé para cancelar la cita con mi primo favorito. Apenas contestó su celular y sin siquiera saludarme, amenazó: -Ni te atrevas a plantarme otra vez porque te mato-. Qué bien me conoces primito, pensé. Y como las 9:30 es una hora muy de madrugada para morir, tomé un par de aspirinas para calmar la cruda y con lentes obscuros busqué un taxi en la avenida, indicándole la dirección de los famosos hotcakes.

Pedro ya estaba en la sala de espera cuando me vio llegar y con una sonrisa que Luis Miguel envidiaría, se burlo de mi facha: el pants rojo y la sudadera rosa combinaban ofensivamente y mi pelo recogido en una colita aún estaba revuelto. -Hola borracha, de menos hubieras invitado- me dijo al tiempo que sentía su rasposa barba en mi mejilla y escuchaba un beso al aire. Bajé un poco los lentes para verlo bien: Su pelo estaba limpio y engominado, olía a perfume caro, vestía jeans de marca y una playera que publicitaba a Abercrombie. Guapísimo, como hace 20 años Luis Miguel.

En la entrada estaba el Jefe de Camareros, un joven con una fingidísima mueca de servicio. Al observarlo un poco, noté su manía por acariciar los botones de su chaleco. Tenía una postura incómoda, cómo si le apretara o quemara la ropa. A nuestro lado, una familia de cochinitos chillaba por unos hot cakes. Eran el padre, la madre y el escuincle. Todos con cargaban una desparramada panza y la misma cara pedante. Aunque el padre era calvo, la madre estaba maquillada como payaso y el niño se comía los mocos. Los padres alegaban que en Estados Unidos no pasaba eso, que lo mejor sería reportarlo a la gerencia, que cómo era posible si ellos eran clientes fieles de la cadena. El cochinito mocoso comenzó a llorar por su ración matutina de harina y leche, lo que incrementó mi dolor de cabeza. El Jefe de Camareros estaba abrumado, el tic de los botones se incrementaba, y supongo que para relajarse, les asignó inmediatamente una mesa.

Cuando por fin nos asignaron una mesa, nos tocó a un lado de la familia Cochinitos. El niño ya había sido silenciado con una dotación de Canelitas, sin embargo, aún no había comida que ocupara la boca de sus rechonchos padres, quienes seguían lanzando insultos para los trabajadores del restaurant.

A Pedro parecía no importarle y comentaba con entusiasmo el menú:
-Uy, ¡los de chocolate son bue-ní-si-mos! O mejor estos de manzana y canela. Igual unas crepas saladas, mmmm-
(oink oink como en McAllen, oink oink mejor Apple bee’s, oink oink eran en aquel mall?)
-Ajá- contestaba yo.
-A mi abuela le encantará este lugar, ¿No crees? Deberíamos de invitarla un día.
(oink oink sirven muy poco, oink oink de chocolate con nuez)
-Ajá- volvía a darle el avión.
-¿Me estás dando el avión, cabrona?
-Ajá- reí.

El soliloquio de mi primo fue interrumpido por los gritos del Papá Cochino, que tenía agarrado del brazo al jefe de meseros y le recriminaba. -¡Tenemos UNA HORA esperando! ¡UNA!- El flaquito puso cara como si lo tuvieran agarrado de los huevos y con voz quebrada respondió: -E-e-esta-mos-s- po-por sacar-r su or-den-n. Mamá Cochina se tocaba el escaso pelo rubio en señal de desesperación y cómo si le hablara a la virgen pronosticaba su muerte por inanición. El hijo ya se había terminado sus galletas y estaba a punto de llorar.

Pedro puso cara de asco y me susurró: -Qué nacos, por lo visto, el dinero no compra educación- Y como si el alboroto de la Familia Cochinitos hubiera terminado, me preguntó con tranquilidad:
-¿Ya sabes que pedir?-
-Unos huevos a la mexicana- contesté masajeando mis cejas.
-¡Cómo! ¿No vas a pedir HOT CAKES?- me reclamó en un tono excesivamente alto, lo que ocasionó que los comensales de las mesas cercanas me voltearan a ver. Incluso la Familia Cochinitos se dejó de oznar.
-Te dije que estaba cruda, ¿quieres que vomite?-.
-Está bien- y suspiró resignación -Tú ya no tienes remedio-

Nos acababan de tomar la orden cuando me disculpé con mi primo y me levanté al baño. Intenté tomar mi bolsa de la silla de junto, pero se había atorado. Jalé más fuerte y nada. Más fuerte y salió volando directo a la charola que traía la inmensa orden de hotcakes para la Familia Cochinitos, dejando a esos pedazos de harina sobrevaluada en el piso.

Pedro se dio cuenta de mi monumental estupidez, me tomó del brazo y me apuró -¡Vámonos! ¡Vámonos!-. En nuestra huída, escuché los desgarradores gritos de Mamá Cochina -noo hijitooo! nooo!- de reojo, vi cómo el niño se había lanzado al suelo y rumiaba los restos de comida. Papá Cochino se había levantado de su lugar, pidiendo a gritos al gerente. Petrificado a la puerta del lugar, el Jefe de Camareros nos miraba con angustia mientras corríamos al estacionamiento. Con enfado, mi primo le puso un billete en el ojal y se disculpó.

Ya en su coche, Pedro no me dirigía palabra. Tomé un poco de los restos de chocolate que habían quedado en mi bolsa y lo probé -Tenías razón, el chocolate está delicioso-. Los frenos de su Jetta chillaron, Pedro quitó los seguros del coche y apuntando con su dedo índice a la calle me ordenó:

-Bájate.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El gatito chino

Para este cuento, sólo me dieron a tocar un gato chino de la fortuna.
De ahí inventé todo. Algunas cosas de la repisa existen de verdad :)

Recién estrenaba marido cuando éste me dio un gordo presupuesto para amueblar nuestra casa a mi gusto. “Tú que has viajado, elige cómo la quieres decorar, cariño”. Así que la vestí de pared a pared: colgué cuadros con figuras abstractas, atiborré los libreros de roble y coloqué grandes y engañosos espejos que dan más amplitud. Cubrí el piso con alfombras en las recámaras y tapetes en las salas. No faltan las grandes televisiones, equipos de sonido y computadoras. Hay burós, mesas, sillas y sillones de colores obscuros y solemnes, acordes a un político y su nueva familia.

Sin embargo, en un pasillo, hay una vitrina de latón que desarmoniza con la elegancia de la casa. -Es mi espacio egoísta, mí pasado- le dije cuando ese gesto de desaprobación se asomó en su cara. Además, por este pasillo sólo pasa la servidumbre. Él alzó los hombros y chasqueó la lengua aceptando esa pequeña derrota.

En su interior, mi vitrina tiene un mate y su hace mucho no utilizada bombilla de metal. A su lado, una lamparita con base de alambre y pantalla hecha de pedazos de vidrios verdes. Algunos están rotos y no tiene la vela para iluminar. Un poco raspado está un avioncito de madera pintado en rojo y amarillo brillante. A la muñeca de trapo le falta un ojo, la moto-estatua de bujías se ha comenzado a oxidar y sin vodka se encuentra esa botellita de Stolichnaya que tomé en un avión trasatlántico. Al fondo, un cuadrito del arcángel Gabriel.

Alguna vez todas esas piezas estuvieron libres en los libreros de una casa que no tenía sala, ni tapetes. En vez de cuadros, había postales del mundo regadas, intentando adornar la blanca pared. Una casa en la que mucho tiempo sólo la habité yo.

Cada pieza cuenta una historia, unas personas, un lugar. En cada una estoy yo o al menos, una versión de mí. El último elemento que se incorporó a esa colección fue el gatito chino. De color dorado, su altura no pasa diez centímetros. Su larga cola apunta hacia arriba y está en tres patas, ya que la cuarta la utiliza para saludar.

En el 2010 visité Pekín. Mi estómago aún se estaba acostumbrando a su grasosa y exótica comida, pero negaba a comer en restaurantes para turistas. La fila para entrar a aquel restaurant era inmensa y yo que era amante de las multitudes, me formé. Cuando por fin fue mi turno, me asignaron una pequeña mesa para una persona, bajo una de esas lámparas-bola de techo de color rojo y dorado. Me sirvieron un té que sabía a maderas y con señas ordené lo que me pareció menos asqueroso del menú fotográfico.

En la mesa se encontraba esperándome el gatito chino; lo sostuve a pocos centímetros de mi cara para verlo mejor, mientras mis dedos sentían sus finos ángulos. Otro comensal se acercó a mi mesa con una gran sonrisa y en un inglés apenas entendible, me dijo que la tradición es tomarlo, traerlo algunos días y volverlo a liberar en otro restaurant chino. -Estos chinos milenarios tan locos- pensé. Sin embargo, pocos días después y ya habiéndole agarrado el gusto a su comida, lo liberé en una mesa para dos de un restaurante de Shanghai.

Siete años después fui a Nueva York, acompañando a mi político esposo a una gira por la ciudad. La cita diplomática era en un restaurant chino, pero en éste, a diferencia de los que conocí cuando la década nacía, había que hacer reservaciones y su menú estaba en inglés.

Mi cabello ya no era rojo, no iba sola, ni cargaba un bulto en la espalda. Pero el gatito chino estaba ahí, esperando a ser tomado, para posteriormente obtener la libertad. Le conté la historia al grupo que me acompañaba y todos me regresaron una sonrisa condescendiente. ¿Hay cosas menos banales en este mundo por hablar, cierto?

Tomé el gatito y lo guardé en mi bolso de satín y de ahí directo a la vitrina. Si yo me encerré ¿Por qué no había de hacerlo él?

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Que no se encuentre una gringa

Para este ejercicio, se me solicitaron personajes y escenario. Si los transporto a la estación ranchera, ya chingué.

Faltaban apenas tres minutos para la salida del autobús y pensábamos aprovecharlos por completo. Por eso, nos besábamos con pasión, a labios abiertos y manos exploradoras. El que los demás viajeros se incomodaran nos tenía sin cuidado. Una vez que Daniel tomara aquel autobús, sólo Dios sabía cuándo lo volvería a ver.

Cuando el empleado de Greyhound anunció la salida inminente de ese apestoso autobús, nos separamos. El llanto ensuciaba mi vista, pero aún así, no pudo apartarse de Daniel, que subía a su destino primermundista. “Que no se encuentre una gringa / que no se encuentre una gringa” rezaba en mi mente.

El autobús se alejó de la estación y yo me senté en una de esas incomodísimas sillas de plástico azul a continuar con mi letanía. Quizás, si lo repetía diario y con fe, mi plegaria se haría realidad. Así lo había hecho desde que vi el infame boleto comprado.

Desolada, miraba con asco aquella estación de autobuses pueblerina. El piso estaba tan sucio que era imposible ver su color original. Casi no había luz y el olor a garnacha quemada apestaba la minúscula sala de espera.

Tirado en el piso, un indigente haraposo jugaba con una cámara de fotos digitales. Traía puesto un gorro negro y un guante del mismo color. Sólo uno. Un guante sin pareja, una mano fría en este invierno. “Sé lo que se siente” pensé, suspirando con resignación.

Desvié la mirada de aquel hombre. Ver la decadencia tercermundista me hacía recordar las palabras de Daniel. “En el norte no hay pobres” me repetía con admiración casi fanática de los hijos de Micky Mouse. “En el norte no estoy yo” le contestaba besándole los ojos. Sentí un fuerte dolor en el pecho, lo que me hizo subir los pies a la silla y abrazar mis piernas muy junto a mí. Clavé mi cabeza en el hueco que quedaba entre ellas, dejando las lágrimas correr.

Gritos y golpes me sacaron del trance. Mano-Fría se peleaba con otro indigente –gordo y peludo- por la posesión de la cámara. Tenía la mano sin guante, enredada en la sucia greña de su contrincante y le sostenía la cabeza con firmeza. El puño vestido estaba cerrado y golpeaba con fuerza los flácidos cachetes cubiertos de barba.

El gordo ya sangraba cuando la “seguridad” de la estación los separó. Ellos, por supuesto, opusieron resistencia. Entre gritos, mentadas y golpes contenidos, la cámara digital salió volando directo a mis pies. Nadie notó cuando la recogí, ni cuando comencé a recorrer las fotos con curiosidad.

En la primera foto que se mostraba estaba yo, devorando la boca de Daniel. Me asombré y seguí recorriendo las fotografías. Una a una, se mostraba la misma escena pero con distintos protagonistas y fechas. Todo un romántico resulto Míster Mano-Fría. Tal vez y aún sigue esperando a su amada, tal vez así termine yo.

Esos absurdos pensamientos se encontraban en mi cabeza cuando en esa minúscula pantalla apareció una vez más Daniel. Pero la fecha era de ayer y la mujer, mi prima Ramona. “Puta vieja” exclamé con rabia.

Al parecer, mi oración había sido escuchada. ¿Pero tenías que tomar las cosas así de literal?. Dios es hombre, me cae.

Los consejos de mamá

En este ejercicio tenía que delinear personajes. Pero pasan tantos, que ustedes díganme si lo logré :)

“Mide tu tiempo hijita” rebotaba en mi cerebro mientras seguía platicando con Lina, una colombiana caliente, de melena alborotada y sonrisa automática que vivía conmigo. Solíamos platicar entre risas e interrupciones mutuas. Aquella mañana, tratábamos de armar el rompecabezas llamado: que-pasó-en-la-peda-de-anoche. Yo tenía un vuelo que tomar a Amsterdam a las 3 de la tarde y aún no tenía la maleta preparada.

Pero estaba confiada en mis tiempos y rutas. Los consejos subconscientes de una madre que se encuentra al otro lado del atlántico no me alteraban. Ya hacía tiempo en que mi “nueva” ciudad había dejado de ser “nueva”. Era ama y señora de mis dominios, de mi tiempo, de mi vida. Además, el acento, la ropa y corte de pelo gachupines me hacían mimetizarme en esa masa amorfa de gente que recorre en metro los subsuelos de Madrid. Túneles que yo conocía casi como si los hubiera cavado con mis uñas de silicona.

Cuando Lina me abrazó para despedirnos vi el reloj de la sala: sus manecillas marcaban las doce y media. Pensé que tal vez y tendría que correr una vez que llegara al aeropuerto. No le vi ningún problema. Como sea, mi maleta al hombro apenas y pesaba. Como experta viajera sabía la cantidad exacta de ropa que llevar.

El metro no estaba tan lleno. Aquel sábado de otoño los madrileños estaban relajados y sonrientes. Aunque el calor comenzaba a ceder, aún no era tiempo de que esas señoras de pelo corto y rubio sacaran sus abrigos largos de piel que las hacen ver como osos emperifollados. En cambio, unos jóvenes escandalosos con piercings si traían suéter y me pregunté si el no cargar con el mío a la cintura había sido un error.

Estaba feliz y confiada, ese viaje al Oktoberfest lo había deseado y planeado desde que comencé con mi vida alcohólica. Nada podía salir mal. Con canciones de pop español en mis oídos, me sujetaba fuertemente de la barra superior del vagón, ya que decidí no bajar mi maleta del hombro, al fin que ni pesaba.

Faltaban algunas estaciones para mi destino final cuando los operadores del metro nos bajaron del vagón e indicaron que había que continuar en un autobús, ya que parte de la estación se encontraba en construcción. Pensé en el tráfico a nivel del suelo en un puente de vacaciones, por lo que decidí tomar un tren de cercanías que me dejaba en el aeropuerto. Mi guía roji cerebral me indicaba que era la mejor opción.

Caminé hacia el transbordo y me di cuenta que lo estaban remodelando. No me parecía fácil comprender la utilidad de aquella construcción. Era una sala de exhibición que intentaba pasar por encima de las vías. Me sentí defraudada y ansiosa. ¿Por esa tontería me retrasan? Para qué construyen esas pendejadas, en una estación tan transitada, como ésta.

Cuando llegué al andén del tren, lo vi partiendo. Maldito Murphy y sus leyes... Impaciente, vi la tabla de tiempos: 15 minutos para el siguiente tren. Pasaron dos trenes del lado contrario y comencé a dudar de mi sabiduría sobre el sistema de transporte. ¿Y si había leído mal la tabla de tiempos? El agobio se sentía en mi garganta y el “mide tu tiempo, hijita” se repetía en mi cerebro cada que veía el reloj del andén. O sea, cada dos minutos. ¿Estaba bien ese reloj de mierda? Los segundos se alargaban y la maleta se hacía más pesada. Comencé a sentir gotitas de sudor en mi espalda a consecuencia de los nervios y del peso que cargaba. De pronto, un fuerte aire se coló a la estación y a mi blusa de tirantes, lo que me hizo estremecer. “Llévate un suéter, hijita” se repitió automáticamente en mi cabeza. Sólo faltaba que me enfermara.

Me enojé con mi madre y con sus consejos insertados en mi corteza cerebral. Comencé a reprocharme el no haber salido antes de la casa por estar hablando de pendejadas con Lina. Estaba a punto de auto-cachetearme cuando llegó el tren y me subí.

Los trenes de cercanías son de largo trayecto, por lo que el tiempo entre estaciones es mayor... ¡Pero no tan mayor! Por las distancias que había entre cada una, comencé a sentir que llegaba a Francia. El vagón iba prácticamente solo y tuve la oportunidad de ocupar dos lugares al momento de sentarme: uno para mí y otro para mi maleta, la cual se había fundido a mis hombros. El sudor continuaba y tenía muchas ganas de llorar. Estaba segura que iba a encontrar el check-in cerrado. Ya me veía rogando a las empleadas del mostrador, inventando algún abuelo muerto o una junta importante. Me insulté en mexicano, colombiano, inglés y gachupín. Ya ni la chingaba.

Por fin llegué a Barajas. El reloj marcaba 2:15, que era la hora de cierre del vuelo. Aún así, decidí correr. Capaz que el vuelo se retrasaba… suele suceder, podría tener suerte, ¿cierto? La maleta a mis hombros pesaba como si cargara piedras en vez de ropa, por lo algunos metros después comencé a sentir que mis pulmones se escapaban por la garganta. Decidí bajar mi ritmo y seguir a pasos largos pero constantes. Aún así, veía desdibujada a la gente que pasaba a mi lado. Eran sólo una enorme mancha por sortear.

A las 2:25 llegué al mostrador de KLM, quienes ya voceaban mi nombre completo. Me identifiqué, e hicimos el trámite para obtener el pase de abordar. Por fin, bajé esa horrible maleta de mis hombros y me indicaron que corriera a la sala de espera B. Supuse que me iban a regañar, pero ni una palabra. Para eso ya tengo a una madre mexicana pegada al subconsciente.

Cuando abordé y me senté en el lugar indicado en mi boleto, aún me sentía abrumada, histérica, llena de adrenalina. Mis sienes palpitaban y en mi blusa se notaba mi transpiración. Con los hombros adoloridos, me recargué en el pequeño asiento y prometí hacer más caso de los consejos de mamá. Lamentablemente, apenas aterrizaba el avión cuando desobedecí un “No hables con extraños, hijita”.
 

jueves, 12 de noviembre de 2009

La otra y la disléxica.

La asignación de la semana era escribir un relato sobre un hecho trivial. Yo escribí dos que tienen que ver conmigo, pero los exageré. Sobre todo mis sentimientos del primer texto.
En este ejercicio me di cuenta que soy muy blogger. Es decir, quiero escribir con otro formato cuando tengo una idea y cambiarla a relato, me cuesta. Más logrado está el segundo, que también salió para Recolectivo.
Saludos!

LA OTRA

La semana pasada me enteré que yo soy la otra. Sentada en una banca incómoda de aquel frio salón, observé a mi alrededor y me di cuenta que sí, soy la otra. Hace seis años llegué a vivir a Querétaro. Unas semanas antes me había enamorado del centro histórico adoquinado, de los atardeceres turquesa y de las iglesias coloniales pintadas en amarillo mostaza. En aquel entonces, llegué a trabajar a una empresa que venía del norte del país, llena de no-queretanos.

Y como pasa con los grandes amores, poco a poco fui conociendo más de sus calles e historia. Aunque siempre lo hice rodeada de extranjeros como yo. Entonces me quedé vivir aquí. Hace poco, me inscribí a un diplomado en Historia de Querétaro en el que me enteré que soy la otra.

Durante la última clase, “usos y costumbres queretanas”, mis compañeros comentaban que en los cincuentas, los queretanos “originales” vivían en el centro y llamaban despectivamente los otros a aquellos que llegaban a vivir del rio Querétaro (avenida Universidad) hacia afuera. Lo que hoy es la colonia Primavera.

Los otros traían costumbres que atentaban contra la moral queretana. Eran libertinos, ladrones y se corría el rumor que ni se bañaban. Estos emigrantes ni siquiera a las leyendas respetaron, puesto que hasta a las brujas expulsaron de la colonia por la que antes paseaban y que ahora lleva su nombre.

En respuesta, los queretanos se encerraron en su precioso centro histórico y conservaron sus costumbres y tradiciones. Explicaban con una mezcla de emoción y añoranza que en los setentas, aún se “echaba reja” y que alguno de los hijos -sin importar el sexo- se quedaba soltero para cuidar a los padres hasta su fallecimiento.

Por supuesto, el enterarme de todas estas costumbres me tenían en shock. Durante el receso, observé a mis compañeros de clase: todos mayores que yo y todos –a mi parecer- muy queretanos. Hablan un lenguaje de común de calles y acontecimientos de los que yo quedo excluida. Se visten sin llamar demasiado la atención, hablan con tranquilidad y se preguntan por familiares y amigos con los que han convivido toda su vida. Y que yo llegué sin bañarme, cruda y con el pelo pintado de rojo…

Comencé a fijarme en el cuello de las señoras que asisten. A la que no le veía un crucifijo colgando era porque estaba utilizando bufanda. Sin embargo, una de ellas traía una figura plata en relieve, pero no encontraba forma de qué. Era curvilínea y tenía un hoyo en medio. La verdad es que le encontré forma de vagina, lo que se me hizo muy extraño.

Le pregunté sobre su dije y mirándome con incredulidad me dijo: “Es la Virgen de Guadalupe”. Lo dijo en un tono de voz que clarito escuché “otra pinche hereje extranjera”. Las demás señoras me voltearon a ver con desprecio. Me disculpé justificando tan aberrante equivocación con miopía. Apenada, me alejé de ahí.

Todos esos descubrimientos se amontonaron todo el día en mi cabeza. ¿Cómo nunca lo había notado? ¿Cómo es que la gente de la ciudad que amaba y que me había recibido era tan diferente a mí? ¿Qué es lo que le queda a este Querétaro?


¿Cuál derecha?

Durante toda mi vida, la gente con la que me he rodeado sabe y reconoce que soy una mujer inteligente. En mi etapa escolar, siempre fui una estudiante modelo. De esas niñas que caen mal porque siempre buscan sacarse dieces y lo hacen con facilidad. Ya de adulta, me he destacado en mi trabajo, logrando incluso puestos gerenciales.

Pues bien, creo que es el momento de revelar un obscuro secreto. Hay un sector de mi cerebro que se encuentra dañado y que me impide saber cuál es la derecha y cuál la izquierda. Intentando ocultar mi retraso, me río y minimizo la situación, asegurándole al descubridor que soy ambidiestra. Por supuesto no lo soy.

Ningún método me ha resultado 100% efectivo. Como no soy religiosa, el intentar persignarme no sirve de mucho. Escribir a mano ya lo hago poco, puesto que utilizo la computadora. Tampoco uso reloj.

Muy poca gente se ha dado cuenta de mi tara mental, ya que me las he ingeniado para que sea menos notorio. Frases como “sigue por donde va el coche rojo” o “mejor agárrame las dos tetas” me han permitido salir triunfal al momento de tener que dar instrucciones. Sin embargo, ante la pregunta directa de “¿Derecha o izquierda?” me congelo, titubeo, pienso un momento cuál lado es, expreso mi respuesta y segundos después la pongo en duda. Lo peor que puede pasar es que después corrija, ¿Cierto? No en la última vez.

El gimnasio al que asisto con regularidad tiene valet parking. Aquel triste día salí recién bañada y cambiada, con mi ropa interior sucia guardada en una bolsa de Soriana. No muy lejos se veía mi coche estacionado junto a otro de la misma marca y color: Almera Plata. El escuincle del valet me preguntó cual coche era. “El de la derecha” contesté con prisa y sin precaución, puesto que iba tarde para una junta.

Por supuesto, era el de la izquierda y 10 minutos después de comenzar a conducir, me di cuenta que no era mi coche. Enojada, regresé al gimnasio y le reclamé al escuincle acomoda-coches quien asustado, me entregó mi auto. Me olvidé del asunto todo el día, hasta que en la noche recordé la ropa interior sucia: se había quedado en el otro Almera.

Aunque me llené de vergüenza, decidí olvidarme del asunto. Antes muerta que aceptar que me apendejé y confundí mi auto. Total, que los dueños del otro coche tiren la tanga y el bra de entrenamiento. Pero no resultó así de sencillo. Tres días después y a la salida del gimnasio un señor me esperaba recargado en mi coche. Con un tono calmo y amable me explicó que había hecho una pequeña investigación con la que se enteró de la “leve” confusión de coches y me pedía de favor que le explicara a su muy celosa esposa lo ocurrido, puesto que aquella no le creía.

"¿En realidad es alguien tan idiota para no saber cuál es su coche? Imposible" aseguraba la insegura señora.

Accedí a su petición. Al final, no debiera ser tan difícil de explicar. Culparía a la prisa, al acomoda-coches o a la luna. Eso sí, nunca aceptaría mi dislexia ubicacional. Cada quien en su auto, nos dirigimos a su casa. El hombre llamó a su mujer para saliera e hiciera la verificación visual de los coches. La celosa mujer nos miró con sospechosismo y después de analizar ambos coches se dio cuenta que efectivamente, podría haber habido una confusión por parte de alguno de los involucrados.

Una vez aclarado el asunto, me invitaron a pasar a la sala, en lo que su sirvienta me traía la ropa interior olvidada. La señora se encontraba mucho más tranquila y relajada, por lo que comenzamos a hablar con del clima, los baches en la calle o algún tema de esos sin sentido. Cuando recibí mis calzones pedí permiso para utilizar el baño.

“En el pasillo, al fondo a la derecha” me dijo la hacía unos minutos, infeliz mujer. “Demonios, ¿Cuál derecha?” pensé. Con pesadez, me dirigí al pasillo indicado y durante todo el camino me dediqué a reflexionar cuál era la derecha, hasta que no me cupo la menor duda.

Abrí la puerta y me encontré al señor de la casa con todo el pene de fuera y meando. Apurada, salí de ahí. En mal momento se me ocurrió saber cuál era la derecha.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Escenario 2: Bajo la lluvia.

Esta vez, me dieron la siguiente frase para desarrollar dos relatos: Bajo la lluvia, un hombre con paraguas se acercó caminando tranquilamente Esto es lo que salió

El llanto del cielo rompió el silencio queretano
Bajo la lluvia, un hombre con paraguas se acercó caminando tranquilamente. Me sorprendí al verle, puesto que era el único que contaba con protección ambulante ante esta repentina tormenta.

Media hora antes, el sol abarcaba todo. No había una nube que interrumpiera ese inmenso azul. La procesión apenas comenzaba cuando un fuerte viento anunciaba el caos en forma de nubes grises. Gotas gordas comenzaron a golpear con fuerza a los callados fieles congregados aquel viernes santo.

Cuando comenzó a llover, las cofradías sólo apuraron el paso, sin embargo, minutos después tuvieron que correr. Los menos devotos se olvidaron de la cruz que cargaban, se remangaron las enaguas y corrieron a protegerse a los pocos techos que se encontraban cerca. Las cruces quedaron abandonadas a media calle, como un improvisado cementerio. Otros, más estoicos, aguantaron sin inmutarse los embistes de la naturaleza o de Dios, como los entrevistados dijeron mas tarde en los noticieros.

Pero la gran alharaca la armaron los niños, quienes vestidos de angelitos, comenzaron a buscar a sus madres. Mientras lloraban, corrían en todos sentidos y algunos se golpeaban contra las cruces de madera o las cadenas que los participantes cargaban. Otros al borde de la histeria eran los líderes de cada cofradía puesto que las santas imágenes que momentos antes llevaban en sus hombros, corrían el riesgo de echarse a perder.

Empapada, me quedé en medio de la calle observando el caos y pensando cómo titularía mi artículo para el periódico del día siguiente:

“Procesión del silencio callada por Dios”
“No hubo silencio en este viernes Santo”
“El llanto del cielo rompió el silencio queretano”

En esos absortos pensamientos me encontraba cuando el hombre del paraguas se acercó y dijo seriamente:

-El problema es que no escuchan, apenas ayer dijeron que iba a llover con fuerza.

-¿En serio? ¿Lo dijeron en las noticias? Le pregunté incrédula, mientras protegía mis ojos del agua. Así lo observé mejor: vestido completamente de negro, su pálido rostro no reflejaba sentimiento alguno. En el dedo medio de la mano que sostenía al paraguas, llevaba un anillo muy grande y puntiagudo que me llamó la atención. Tenía grabado en relieve un dragón con unas letras que no alcancé a distinguir, ya que el hombre se dio cuenta que lo observaba y rápidamente cambió el paraguas de mano.

-No, lo dijeron en la liturgia- me contestó de manera seca y se fue.



Y usted, ¿De qué se quiere morir?

Bajo la lluvia, un hombre con paraguas se acercó caminando tranquilamente. El paraguas estaba cerrado y lo sostenía con elegancia a modo de bastón. Sólo le faltaba el bombín, el frac y el monóculo, para parecer uno de esos hombres de sociedad de principios del siglo pasado. Uno muy mojado, eso sí. Pero el porte sí que lo tenía. Bajando un poco su cabeza y con un ademán a modo de pequeña reverencia, me ofreció su paraguas.

Esa noche regresaba del trabajo y esperaba el camión cuando comenzó a llover, por lo que me refugié en el toldo verde de una tienda de cigarros. Sin embargo, la lluvia comenzó a arreciar y yo temía por la seguridad de mi nueva y costosa cámara. Supongo que la preocupación se notaba en mi rostro y que por esa razón el hombre se acercó y me entregó su paraguas.

-Toma, no te preocupes que pronto dejará de llover- me dijo sin esperar una respuesta. Entró a la tienda y cinco minutos después salió con un cigarro encendido.

Tal como lo predijo, la lluvia torrencial había disminuido y el hombre mirando al cielo exclamó -Te dije que pronto dejaría de llover- Yo me limité a sonreír.

Se recargó en la desprotegida pared y siguió fumando a largas bocanadas. En sus sesentas, lo blanco en su barba comenzaba a dominar. Pronunciadas arrugas se formaban en sus ojos, ya que los entrecerraba para protegerlos del chipichipi que aún caía. Su piel era obscura -más bien quemada-, su nariz aguileña y en la frente tenía una cicatriz. No, no podía decirse que era un hombre guapo, pero la pose, el gesto, el desenfado mezclado con elegancia bajo la lluvia llamaron mi atención.

-¿Por qué no se refugia bajo el toldo?- Le dije, haciéndole un espacio.

-¿Para qué? Si de algo nos tenemos que morir. Personalmente, apuesto por enfisema pulmonar - Me dijo sonriendo con malicia y levantando el cigarro. –Y usted señorita, ¿de qué se quiere morir?-

La pregunta me sorprendió. ¿Qué clase de persona hace esas preguntas? Sin embargo, decidí seguirle el juego e inventar distintas y excéntricas “muertes”.

-¡Devorada por los leones! O en un parto de trillizos. No… ¡mejor un asesinato! que mi amante en un ataque de celos me tire desde un décimo piso. O que sea víctima de un fuego cruzado del narcotráfico y que en la investigación policiaca me confundan con una de ellos y nunca se sepa que morí. Mejor me aviento a un volcán en erupción… la lava roja me hipnotiza. ¿Son impresionantes los volcanes, no cree?

El hombre seguía fumando y mirándome a los ojos exclamó -Piénselo bien señorita, que se le puede cumplir-

-En un accidente- respondí con seguridad- rápido y en seco. Sin demasiada sangre, pero que en un instante, saz! deje de existir.

La luz artificial de un faro lo iluminaba a la perfección. La lluvia seguía, pero en pequeñas gotas que permitían que el humo que salía de su boca ascendiera formando extrañas figuras. Su pelo y barba estaban mojados y pequeñas gotas se resbalaban por su rostro. Sin embargo, eso parecía no importarle y disfrutaba cada bocanada del cigarro.

La escena era perfecta, por lo que saqué mi cámara y con un tímido “¿Puedo?” lo comencé a fotografiar. La Iluminación difusa daba un balance que nunca antes había fotografiado. Con o sin flash, la escena resplandecía. Le hice close-up, cuerpos completos. Cada foto era mejor que la anterior, lo que me tenía muy concentrada. Ya veía mis fotos en una exposición en Nueva York, en revistas de prestigio, ganando el Pulitzer…

Entonces vi esa fuerte luz y escuché un fuerte grito acompañado de un rechinar de llantas. Y así fue como llegué aquí. Y tú… ¿Cómo te convertiste en recoge-muertos?

domingo, 21 de junio de 2009

Los computitos son los peores

-Debes huir en el momento que comiencen los chistes sobre ir en Infinitum-

He escrito con enojo en mi mente hoy.

Los eventos que predecieron el terrible hurto -y posterior rompimiento- del Pinot Noir Chileno de mi domicilio fueron los que les hicieron merecedores de mi odio eterno. De ellos, de los que tienen por subespecie el ser computito es de quienes me refiero.

Y todo por ser de chones ligeros.

Su perfil de beduino quijotezco y esos ojitos de chipirón me prendieron como piojo de hospicio. De modo que ni su proceder treekie o su pinche costumbre de escribir en el blog justo después de coger me molestó. Nothing, cero. Los indicios de este infortunio no me fueron prevenidos.

No demoró en suplir mis mimos por su j-unit, mis huevos cocidos por su nintendo, mi culo por el control remoto. Su perfidez se volvió insostenible.

Y no es que me dé por los remilgos, pero es luego se requiere ese delirium tremens di membrum et cogitum.

Yendo en coche por Constituyentes me detuve donde el elotero. Y no por mi gusto por los elotes, si no porque es bien conocido que se debe discurrir sobre hombres comiendo elotes. Decidí concederle un voto de fé. Me emperifollé, me corté el pelo y me depilé.

Lo encontré ingiriendo mi Pinot Noir con sus compinches ñoños, en uno de esos juegos de rol.

-Tu pelo tiene un nuevo color- me dijo.
-¡Me lo corté 10 centímetros! ¡Lo que mide tu pito de chocorrol! - contesté.

Y fue en ese momento que tomé el vino, corrí y rompí mi Pinot Noir en el techo de su coche.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Vete al sur

Un piso en Atocha no queda tan cerca del cielo, pensaba al entrar a esa vieja estación. La máquina había hecho lo suyo, me encontraba en las coordenadas y el día el correcto. Ahora sólo me quedaban 20 horas para hacer lo mío. Más que suficientes.

Había vuelto. El vivero, las tortugas, los top manta, el cielo azulísimo. Todo estaba ahí. Faltaban sus besos, mi sonrisa que enseñaba todos los dientes y sobre todo, faltaban sus dedos dibujando mi escote mientras me tomaba un cortado en la barra de esas islitas con café.

Pagué un euro y medio por el café (una ganga) y una sonrisa melancólica se dibujó en mi rostro ante el ¡Venga, guapa! del cantinero. Vi mi backpack naranja solo junto a esas bancas. Nunca había sido muy cuidadosa y las veces que perdí algo, me estaba esperando en la zona de “objetos perdidos”. Por eso es que esa pobre mochila sucia lucía tan abandonada. En un rápido movimiento la tomé y subí al tren rumbo a Sevilla. Ese bulto pesaba más de lo que recordaba.

Ya instalada en mi asiento de segunda clase, abrí la maleta. Hasta arriba encontré un Teddy Bear -Que raro, pensé- y con enorme curiosidad y prisa espulgué para que más hallaba. Una falda azul con vuelo y unas tanguitas con la leyenda “kiss me maddly”. -Muy sexy- pensé con una sonrisa torcida y me lo medí -muy pequeño para estas caderotas- .

El inventario que uno carga en una maleta dice más de ti que lo que tienes en casa. Esos siete, diez kilos serán tu vida un tiempo y hay que encontrar la manera de apachurrar bien lo indispensable, por eso me sorprendí tanto al encontrar ese oso de peluche.

El AVE aceleró y apenas me di cuenta cuando ya estaba en los suburbios de Madrid. En el 2007 y a 200 kilómetros por hora, era de los trenes más rápidos. En los de mi tiempo, sólo al arrancar es posible ver algo más que una mancha en movimiento.

¿Que mas hay? Una foto con dedicatoria me hizo envidiar a sus amigos. Un libro de Poncela y un encendedor. ¿Ya fumaba? una cajetilla lo confirmó. Recordé el placer que era fumar después de comer o con un café. Me maldecí por haberlo dejado. ¿Para que?, si al final lo que me ha de matar no es un enfisema.

Seguí espulgando con ansiedad. Cada objeto desempacado me indicaba que pertenecía a una persona muy diferente y lejana a mí. Sin duda, ella era alegre, desinhibida y con un gran futuro por delante.

Encontré su pasaporte lo comparé contra el mío. Mismo nombre, misma fecha de nacimiento, diferente cara. Su foto gritaba felicidad y la mía amargura. Y no eran las arrugas. Guardé todo antes de comenzar a llorar.

Sólo me queda esperar a mañana. Esperar haber activado las reacciones correctas al volver en el tiempo y nunca conocerlo.

Y no terminar refundida 30 años en una cárcel catalana.

lunes, 3 de noviembre de 2008

De las cosas que pueden pasar en un viernes de quincena cualquiera, a una persona cualquiera

Muchos días como esos habían pasado para Mario durante este año. Sosteniendo su cigarrillo con una mano y un florero en la otra, Mario era dueño del mundo. Sonreía como sonríen los que sostienen un florero con una mano: con un ligero aire primaveral. Y con la inocencia de las primeras lluvias de febrero, no sabía que todo estaba a punto de valer verga.

Debió haberlo vislumbrado cuando, al dar un trago al florero le pareció la margarita mas detestable del mundo. Cuando vio que en realidad eran rosas, comprendió que ya estaba muy borracho. Las rosas siempre le han parecido deliciosas.

-¿Siempre tomas agua de rosas?- le preguntó ella con una sonrisa tan torcida que un hoyuelo de la nariz se le abría de más.
-Siempre.- Aseguró Mario con el convencimiento que viene tras 8 cubas.
-¿Sabes?, tengo rosas recién cortadas en mi casa. ¿Te gustaría un tesito? - le pregunto presurosa
-¿Con una nube de leche descremada? -
-Claro, como debe ser un buen te de rosas- y abrió aún más la fosa nasal izquierda.

Mario, hipnotizado por tan peculiar sonrisa, la siguió hasta el fin del mundo. Cuando el fin del mundo dice MOTEL PARIS.

Ella se adelantó para “ponerse cómoda”, mientras Mario terminaba con la transacción financiera con el encargado. “Ya valió verga”, pensó cuando vio que le faltaban 150 pesos para cubrir el importe de las 3 horas que cuestan en estos tiempos los niditos de amor. El encargado, comprensivo, aceptó que le pagase a la salida.

Como la comodidad verdadera sólo se encuentra cuando se está en pelotas, él se fue quitando la ropa para encontrarla a ella en el esplendor de todas sus colgantes carnes. Cerró los ojos y pensó en Adela Micha. Con la Micha en la cabeza y la otra debajo, se dedicó a hacer a lo que iba.

“Ya valió verga”, pensó Mario cuando la rigidez no era la suficiente para tan acrobática actividad. Culpo a la Micha y culpó al alcohol. Sin embargo, ella ponía ojitos de borrego con estrabismo y emitía gemiditos de ardilla apachurrada. Estaba fingiendo -por supuesto- y Mario se lo agradeció.

El final -de ella, claro- fue rápido y esperado, seguido de los halagos de siempre.
-Esta usted tan hermosa y delicada como un jarrito de tlaquepaque-
-¡Ay licenciado! ¡Que cosas dice!-
-Debe ser el agua de rosas, pero esta usted mas delgada que hace ocho días-
-¡Ay licenciado! Que cosas dice!- Mientras se enfundaba en unos calzones que bien podrían haber cobijado a un recién nacido o dos.

Ya iban saliendo del nidito de amor cuando Mario le dice con voz altamente varonil:
-Estelita, que pena, pero necesito que me preste 150 pesitos, el lunes se los repongo, preciosa.
-¡Ay licenciado! Que cosas dice!-

Y lo dejó en el Motel con la promesa de regresar por él y con los 150 pesos que sacaría de su tarjeta.

“Ya valió verga”, pensó Mario por tercera vez en esa noche, cuando al cabo de 50 minutos, Estelita no llegaba.”Ya valió verga”, volvió a pensar después de 2 horas y ante la mirada ganosa del encargado tuvo que aceptar el intercambio oral que le proponía para salir de ahí. “Si te la chupan sigues siendo hombre”-se convencía a sí mismo- “piensa en Adela Micha con bigotes”. Cuando la transacción terminó, Adela Micha estaría para siempre prohibida como fantasía sexual.

Salió del Motel París, encontrándose a Estelita estacionada. ¿Porque tardó tanto licenciado?. Mario se limitó a hacer un gruñido gangoso.

-¡Ay licenciado! ¡Que cosas dice!- rió ella con una coquetería que rivalizaba con el cortejo de las pingüinas del medio oeste de Alaska. Una vez sin su secretaria, se dirigió a su casa, con la esperanza que la borrachera sea tan fuerte, que olvidara lo que había pasado.

“¡Ya valió verga!” exclamó Mario fuertemente levantando las manos y llevándoselas a la cabeza cuando vio el auto de su suegra estacionado en la entrada de su casa. Intentando evitar la letanía de reproches sobre las horas de llegar y el estado inconveniente en el que venía que seguramente le proporcionaría su mujer y su chingada madre, Mario comenzó a subir el árbol que daba a la habitación de huéspedes.

La mujer salió al oir ruido. Un pájaro emprendió el vuelo. Un foco se encendió y Mario cayó de lo alto. “Ya valió verga” Exclamó la mujer al ver a Mario caer cual costal de papas gallegas. Mientras era llevado al hospital, la mujer y su chingada madre le reprochaban las horas de llegar, el estado inconveniente y la estupidez de subir árboles a esa edad y con esa complexión.

Mario descansaba en la cama del hospital. Por fin su mujer y su chingada madre se habían callado, puesto que se habían dormido. El Doctor entro a la habitación y le dijo la mala noticia:

-Ya lo he confirmado, es SIDA- dijo el Doctor con ecuanimidad
-¿Como es posible?- gritó Mario desencajado- ¡Si el encargado sólo me dio algunas chupaditas! ¿O sería Estelita? ¡Esa gorda caliente, buscona y mentirosa!.
-Esta confirmadísimo, señor.
-¡Pero ni sangre me han sacado!
-¿Que habitación es esta?
-La 4C- contestó la chingada madre
-Ah, entonces solo es un brazo roto, disculpen la confusión-

“Ya valiste verga”, adivinaba Mario el pensamiento de su mujer y su chingada madre.

lunes, 20 de octubre de 2008

Felicidad a contra reloj

Por doceava vez, Linda borró todo lo que había escrito en el Word -puras pendejadas sin sentido, palabrería bonita que no dice nada-, pensó. Ese bloqueo mental por el que pasaba comenzaba afectarle en su trabajo, que consistía en escribir anécdotas para traveliando.com, un sitio de dos pesos que promocionaba sitios turísticos usando historias de ficción. Aunque Linda tenía un sueldo fijo, si las historias lograban que los lectores hicieran clic en algún google add, podría acceder a grandes viajes. Dos años después de ingresar, sólo había ganado un viaje a Ixtapan de la Sal. -Pinches lectores tercermundistas-, aseguraba.

Confiaba en su enorme talento para escribir y se consideraba una verdadera viajera, no una simple turista de foto de torre Eiffel y salsa valentina. ¡Ella conocía Europa, Asia y el norte de África! Se identificaba con la cultura y la gente. No tenía miedo de viajar sola, de dormir en estaciones de autobús o parques, de probar platillos extraños. Además, tenía una gran capacidad para transmitir estas experiencias y motivar a sus lectores experimentar el mundo y no necesariamente el de Disney.

Sin embargo, últimamente se sentía atrapada y sin rumbo. Ya estaba contra tiempo en la entrega de su texto “Enamorada en San Juan Puerto Rico”. -Enamorada, ¡ja!- se decía. Todos los hombres con más de tres neuronas la habían dejado. Demasiado egoístas para compartir con otro placer o dolor a cambio de intimidad. Sus amistades también la tenían harta. Metrosexuales carabonita que cambiaban su nombre mexicano por uno gringo, machitos con cigarro y pose de malote. Niños hijos de papi, putas sin remedio o feministas mariguanas.

Intentó releer algunos de sus antiguos escritos. Necesitaba volver a sentirse perdida y asustada. Enfrentarse a otros idiomas y costumbres. Caerse a lo más profundo y renacer con una cerveza, un beso o una canción. Arreglarse el pelo con flores, absurdos sombreros o peinarse con el mínimo sentido del gusto. No bañarse en días o meter los pies en una fuente. Ver estrellas que de otras latitudes no se ven.

Un mail interrumpió sus pensamientos. Su editor le proponía enviarla de misión secreta a un país africano: Kiundú. Lo buscó en la Wikipedia y no lo encontró. Él le aseguró que, aunque era una dictadura, había paz y seguridad para los extranjeros. Aunque la idea de ir a un país africano recién formado le asustaba –y no lo admitía- terminó aceptando. Algo tenía que hacer para romper con esa rutina que la asfixiaba. Además, sólo serían 10 días, ni uno más.

El viaje desde España a Uganda ocurrió sin grandes contratiempos. Cosa muy diferente pasó de Uganda a Kiundú. Tirada en el aeropuerto durante casi doce horas esperando su biplano empezó a notar el tercermundialismo africano. Sin oficinas de información, puercos y pollos encajados, gente orinando en la calle. Estuvo a punto de dar vuelta atrás y se preguntó si sobreviviría esta travesía. Además estaba ese insoportable olor a negro. Linda se preguntaba cómo iba a describir el humor africano siendo políticamente correcta. Apestaban un chingo. Así de fácil. ¿Almizcle y ajo?. No. Apestaban. Punto.

En Kiundú un precario y desordenado aeropuerto la recibió. La suciedad y podredumbre le mandaban señales de advertencia al cerebro. Ya era de noche cuando por fin le entregaron su maleta de medicinas y al asomarse a la calle poco iluminada, sólo había negros borrachos. -Perfecto, sólo falta que me violen- pensó. Todos la veían y le gritaban algo que no comprendía, pero los años que pasó caminando por el Distrito Federal, le indicaban que era algo así como Mamacitaaa, te ayudo a limpiarteee en kiusyaní, el idioma oficial de ese paisucho.

Ya en el taxi, rezó a un dios en el que no creía para que llegara sana y salva al hotel. Apenas hizo check in se encerró en su habitación. No quería salir nunca. Ni siquiera para comer. Trabó la puerta con una silla –gran medida de seguridad- y durmió con tal de no pensar. Despertó muerta de hambre. Probó un platillo parecido a la avena pero verde, acompañado de un jugo de algo que parecía guanábana, pero sabía a ajo con hierbas. Aún no terminaba de comer cuando ya estaba vomitando. Dos días después y habiéndose terminado los ensure que guardaba, tuvo que volver a salir de la habitación.

Con desconfianza, pidió un coctel de frutas en las que sólo distinguió la piña, pero estaba bueno. CocaCola -por supuesto- y pan. -El desayuno de los campeones- rió. Se sintió con la fuerza suficiente para asomarse a la calle y se dio cuenta que no era tan malo. Si un poco sucio, pero no más que la Portales. A su nariz ya no le parecía tan desagradable el olor de negro y hasta los pequeños niños desnutridos y llenos de mocos le parecieron bonitos -Muy national geographic-

Decidió explorar un poco más y se encontró un mercado lleno de colores, olores y sabores sorprendentes. La gente le sonreía y la invitaban a probar. -Nunca rechaces la invitación a comer de un extranjero- se recordaba como experta viajera. Caminó un poco más y en un jardín se encontró a varios negros vestidos con túnicas blancas practicando tai-chi. El contraste de su piel negra con las blanquísimas túnicas y el verde intenso era la foto perfecta. ¿Quién lo iba a pensar?. No había notado que sonreía cuando un negrote se le acercó y en un perfecto español le dijo “Acércate a practicar”.

Linda comenzó a imitar sus movimientos, poniendo atención en las facciones de su instructor. Por supuesto, su piel era obscurísima, pero sus facciones eran más bien delicadas. Por ejemplo, aunque su nariz era chata, no estaba apachurrada y dispersa por media cara. Sus párpados escondían unos ojos negrísimos con unas envidiables pestañas rizadas. El pelo negro le crecía en rastas. Se preguntó que sentirían sus dedos al pasarlos por ahí. Después bajó la mirada, buscando un indicio que confirmara aquello por lo que tan famosos son los negros. No encontró nada, pero se alegró de comenzar a pensar en sexo. Tal vez todo mejoraría.

Nyambura -el instructor- le confesó haber estudiado en Colombia y por eso la reconoció latinoamericana y le habló en español. Linda se sorprendió de que: Uno. Hubiera estudiado. Dos. Supiera donde estaba México. Tres. No apestara.

Mientras caminaban por las calles, Nyambura le explicaba la historia reciente de su país y sobre la revolución. Las muertes y porqué todos están contentos con el gobierno dictatorial. El dolor que sentía se reflejaba en sus ojos. Linda lo abrazó con empatía y no lo soltó durante unos minutos... comenzando a sentir eso por lo que son tan famosos los negros.

Se separaron con ternura, y el le prometió llevarla a una ceremonia de nacimiento por la noche. Linda se bañó y se acicaló a la usanza occidental. No sabía si a Nyambura le gustaría tanta falta de pelos y el exceso de mañas para tapar los olores propios del cuerpo. Pero de esa manera ella se sentía con mayor seguridad.

La noche era cálida, la luna llenísima. El se presentó con un traje de gala que consistía en un coordinado de gorro y minifalda de leopardo. Los músculos de su piernas y pecho le recordaban al David de Miguel Ángel, pero en vez de mármol, ónyx. Así de perfecto era él.

En la ceremonia, Linda era la única blanca y comenzó a sentirse especial, privilegiada. La tribu encendió una gran fogata y comenzaron a bailar con lujuria y sensualidad al rededor de la misma. Nyambura tocaba arrobado los bongós. Con los ojos cerrados, las manos firmes, el rostro emocionado. En ese momento Linda supo que tarde o temprano se lo iba a coger.

Y fue mas temprano que tarde cuando esa noche, Linda comprobó que era cierto lo que tanto dicen de los negros. Lo hicieron sobre una manta ceremonial, ahí en plena sabana con la luna iluminándolos y aullidos de algún animal de fondo. El olor almizclado de Nyambura, lejos de asquearla, la excitaba aún más. Se sentía como una leona siendo penetrada por una pantera.

Dos días después, Linda supo que estaba enamorada como adolescente. Kiundú era un país sorprendente, con imágenes que sólo había visto en fotografías, colores vivos, gente alegre a pesar de su pobreza. Y las noches eran sólo para los dos, cuando se convertían en dos animales de la sabana y cogían como si la sobrevivencia de la raza humana dependiera de ellos dos.

Una triste mañana, el hotel le informó que ya estaba contra tiempo y debía salir del país de inmediato. Corrió a migración buscando una extensión de su visa, pero le fue negada sin un bien fundado porqué. -Pinche país bananero, ¡si les estoy dejando mi dinero!- decía para sí misma entre lágrimas.

La despedida con Nyambura fue corta pero sincera, con promesas de su parte en regresar.

Ya en México, su melancolía le hizo escribir cuartillas y cuartillas de lo vivido en Kiundú. Había vuelto, había despertado de su letargo de escritor. Pero estaba hambrienta por más y sobre todo, hambrienta de su hombre de ébano, su gran amor. Envió sin revisar “Felicidad a contra reloj” a su editor y compró el primer vuelo a Uganda, vía España.

Sin embargo, no hubo medio de transporte alguno que la quisiera llevar a Kiundú. -No sin visa- le respondían tajantemente. Linda decidió no hacer caso y rentó un negro con un jeep destartalado para llevarla a su destino.

El viaje fue mucho peor que el anterior. Cayó enferma, los asaltaron, presenciaron muertes de refugiados de guerra... pero todo tenía sentido si al final llegaba al hogar que la hizo renacer. En la frontera, su paso le fue negado una vez más. Fue tal la algarabía que Linda armó para entrar que la llevaron ante la presencia del General de la Frontera.

Nyambura entró a esa sala disfrazado de militar ante la mirada de confusión de Linda.
- No debiste haber vuelto – La regañó con tono osco, seco.
- Necesitaba verte. ¿Que pasa aquí? ¿Porque estas vestido de militar? -
- Porque soy militar de alto rango. No debiste haber vuelto. Era un romance de vacaciones, grandísima estúpida- Linda comenzó a llorar -Kiundú es un país creado para turistas que quieren sentir una “experiencia” africana. Toda nuestra economía se basa en ello. Mira, sígueme.

Entraron por un pasadizo subterráneo en el que montones de negros trabajaban como hormigas. Se vestían con los trajes típicos que ella recodaba. Preparaban el fuego o se entrenaban para ataques militares actuados. Les pegaban mocos falsos a los niños y deschichaban a las negras.
- Las agencias nos envían el perfil del turista y, si son del tipo de aventura extrema, les preparamos algún ataque, la participación en un golpe de estado, o algo así- Aseguraba Nyambura- Tu, por ejemplo tenías una vida sexual lastimosa e intentabas callarla viajando para sentir que tu soledad te hacía fuerte, que te daba sentido. Aquí te dimos ambas cosas.
- Una especie de isla de la fantasía, con un límite de tiempo.
- Así es.

Linda no salía de su estupor. Había caído completamente. Era sólo una pinche turista. La habían impresionado montajes dignos de una película hollywoodense.

Volvió a México derrotada. No conocía el amor y tampoco era una temeraria viajera. Su editor, que conocía la estafa nunca le publicó algo más. Desde entonces, redacta los diálogos para los actores de “Noche de Leyenda” del colonial Querétaro y de vez en cuando ella misma toma el papel de Carlota de Habsburgo, cuando han matado a Maximiliano, su amor.

Dicen que llora bien, vaya usted a saber.

lunes, 13 de octubre de 2008

Entre sístole y diástole

1. CONTROL

Mónica
El reflejo de lo que fuimos aún me acosa por las noches. Aparece sin necesidad de asomarme al espejo, cuando estoy sola en mi cama y mis manos me tocan mientras fantaseo que son las tuyas. No hay problema, por la mañana sigues estando ahí donde te guardé, siendo ese aprendiz de amante con pretensiones de marido. El iluso aquel que pensaba que era lo suficientemente bueno para que dejara de ser yo y convertirme en esa especie de mujer que cambia su vida por un poquito de seguridad.

Sabía que te iba a ver. Por eso me puse ese vestido gris ajustado que revela mis nalgas y que odiabas que me pusiera si no era sólo para ti. Lo hice sólo para torturarte y para que recordaras lo que nunca más podrás tener. Me produce un placer enorme provocarte, saberme dueña de tus deseos y del control que tengo sobre ti.

Raúl
Sabes que tengo a alguien más. Alguien te lo tiene que haber dicho. Ella es buena y me quiere. Deja a un lado los orgullos y berrinches y me da tranquilidad. Tranquilidad que rompo algunas noches por semana, cuando me masturbo con las fotos que me mandaste alguna vez. La secuencia entre ellas es perfecta, aunque debo aceptar que más de alguna vez, en mi urgencia por tenerte en mi cabeza, brincaba hasta esa foto de la tina, donde estás boca abajo con el trasero y piernas revelados.

Nunca te busqué y se que eso te corroe. No pensaba arriesgar otra relación comercial por tu coñito, por mas embriagador que me sea su olor. Además que al no buscarte se que tengo el control.

2. RAZÓN

Mónica
¿Porque los hombres insisten en creer que sólo a través de ellos crecemos y vivimos? De lejos los veía ahí. Todos tan trajeados, tan correctos, tan llenos de razón por el hecho de tener una copa de cogñac en una mano y un cigarro en la otra. La pose perfecta para dominar al mundo y a nosotras, las mujeres.

No nos saludamos enseguida, incluso lo hicimos sólo de lejos a cejas y media sonrisa. De esos saludos fríos, sin rastro de habernos echado de menos. No sentí nada, ni siquiera deseo. Inmediatamente me di cuenta que no la trajiste. Me hubiera encantado conocer a esa criatura celestial, a esa virgen casi divina y angelical. Al parecer y por vez primera, la razón dominaba a mi deseo. Me alegré.

Raúl
Mientras hablaba con mis colegas, te vi pasar enfundada en ese vestido que llenas a la perfección. Me dio gusto ver que mi pene no respondía a ese estímulo, ni siquiera cuando de lejos me dirigiste una tímida sonrisa. ¿Será que has cambiado al estar lejos de mí? Lo mismo da cualquier respuesta.

Quizá en otro momento, esto me hubiera atormentado. Pero esta noche no. Esta noche tenía alguien que me esperaba, que quiere un futuro conmigo y que esta dispuesta a ceder para ser feliz. La razón había triunfado.

3. SINRAZÓN

Mónica

Maldito vino tinto. Comencé a sentirme relajada, dueña de lugar, segura y confiada de mi cuerpo, de mis movimientos. Bailaba de forma sugestiva con otros porque quería, porque soy mi dueña y no me debo a nadie. De pronto, mis ojos se detuvieron en los tuyos y la penumbra del salón se iluminó con tu mirada atascada de deseo. Al yo saberlo me excité aun más. Me mojaba estando tan cerca de otro y sintiendo tu mirada en mí.

Supongo que lo notaste, porque no guardaste el menor decoro al bailar así conmigo con semejante erección. No te importó que estuvieran todos tus clientes. Supongo que ya éramos chisme pasado o estaban todos alcoholizados, o ambos. Después del ¿Bailamos?, sólo dijiste ¿Nos vamos?

Raúl
Mi mirada se turbó ante el encuentro con la tuya. Mis sentimientos se confundieron y entré en un estado de abstracción, en el que el ruido, la gente, las luces apenas encendidas estaban en segundo plano. Me dirigí hacia ti y comenzamos a bailar sin siquiera saludarnos, hablar del clima, de la cena o de cualquier otra pendejada más. Nuestros cuerpos se movían como uno sólo. No necesitaron nuestro cerebro para saber lo que es estar juntos, cómo moverse y qué centímetros de piel tocar y dejar de tocar para prolongar el placer.

Cuando te propuse salir de ahí, caminaste sin contestar, como si el irnos al motel de siempre hubiera sido tu idea. Caminabas dos pasos adelante de mí. Decidida, sin voltear atrás. Por eso no viste cuando te alcancé y te agarré por detrás contra el coche, subiéndote el vestido y sintiendo tus nalgas contra mi miembro duro, mis manos en tus pechos y mi boca en tu cuello.

4. DESCONTROL

Mónica.

El rancho en el que estábamos estaba muy lejos de nuestro motel favorito. Nuestras manos hurgando por debajo de la ropa tampoco ayudaba mucho, por lo que no pude estar más de acuerdo cuando te saliste de la carretera y me dijiste ¿Aquí?

Abriste el quema cocos de tu coche y por un momento, las estrellas que se colaron me hipnotizaron. Me levanté y salí a verlas. Decidiste recorrer mis piernas, quitarme la ropa interior y recorrer con tu boca ese pasaje hasta mi sexo. Cuando bajé a la seguridad de tu coche, ya no tenía ropa y tu sólo tenías la necesaria.

Nunca he comprendido esa dualidad entre sentirme tan libre y tan amarrada al mismo tiempo cuando estoy contigo. Completamente desnuda ahí, a la orilla de la carretera me sentía como niña corriendo, como ave volando. Pero al sentir tu miembro hinchado dentro de mí me sentía más tuya que mía y mucho más de lo que alguna vez lo fui con alguien mas. Como si lo que deseaba cuando era joven aun tuvieran cabida en mi realidad.

Raúl
Cuando te levantaste, tu aroma inundó mi cerebro y procedí a saborearlo. No te veniste, pero comenzabas a gotear cuando bajaste desnuda, con tu sonrisa torcida y la mirada encendida. Te sentaste sobre mí, no sin antes acomodarte para recibirme como tantas madrugadas en las que quedabas rendida en cuerpo y alma.

Me movía dentro de tí con fuerza, a pesar de la dificultad del volante. Mis manos y boca recorrían tu boca, cuello y pechos, buscando que todos los centímetros de piel que pudieran tocarse lo hicieran. Sabes donde encontrar el placer y lo buscas. No tienes vergüenza en sentirlo y mucho menos en dejar que tu garganta lo exprese.

Me tomé unos instantes para mirarte abandonarte al placer, para reconocer tu existencia en la mía y a la vez, tan fuera de mí. En la que el largo de tu cuello y tus pezones erectos son más reales e imponentes que los sentimientos que te llevaron a estar en este momento refugiando tus ansias en mí.

EPÍLOGO

Mónica
No nos dijimos una sola palabra cuando volvíamos a la fiesta. Me arreglaba el cabello y el maquillaje buscando ocultar los residuos de lo que acababa de pasar. Me alegré al saber que aun tengo esa influencia. Que para hacer rendirte ante mi cuerpo, soy mejor que tu, cuando buscas que mi alma se rinda ante ti.

Raúl
No es necesario decirme algo para saber que cada vez que lo hacemos muevo tu universo. Se que el maquillaje que arreglaste fue causado por alguna lágrima derramada. Una quizá de melancolía otra de ver tus barreras caer. Como sea, sabes que soy el único que puede hacerte pensar que puedes ser diferente y aceptar lo que te ofrezco, porque aunque lo niegues, soy mejor que tu.