Hace seis años era lunes. Era el primer día de mi trabajo aquí en Querétaro. Me puse un vestido azul marino de corte de princesa y saco. Apenas la noche anterior había llegado a vivir con
Jiral. En la parte de atrás de mi coche traía todo lo necesario para iniciar otra vez. Mucho de mi pasado físico aún se encuentra en Guadalajara, a decir verdad.
Él me prestó algo que apenas se puede llamar un colchón para poder dormir. Mi mamá le encargó que me cuidara, pobrecita, no sabía lo que decía, ja.
Ese primer día de trabajo no estuvo mal, aunque llegué un poco tarde porque me perdí en Constituyentes. La maldita calle de Tecnológico no se dignaba a aparecer. Al menos, no todos eran desconocidos en ese lugar.
Hace cinco años era miércoles. Eran días de cine y cervezas al 2x1 con mis compadres y ninguno de los 3 teníamos el sentido común lo suficientemente adulto como para no empedarnos porque al día siguiente hay que trabajar. El 2x1 realmente era 3X2, ya que nunca me dejaron pagar. Por supuesto, uno de ellos me quería cachipulear. Sin embargo, no me importaba. Ambos son excelentes personas que conocen al menos un poco más mí que mucha gente que anda por ahí.
Los extraño.
Hace cuatro años era jueves. Recién acababa de mudarme a mi piso de Colonia Jardín. Me levantaba tarde y platicaba con Loli, una españolísima señora que me adoptó como a su hija y confesora. Me hacía de comer delicioso y de postre siempre había melón chino y café. A las 3:20 me iba a la parada del autobús para las clases de 4 a 8 en la UPM. Loli me enseñó a hacer paella y su hija me hizo un corte de pelo que me terminó de
gachupinizar. Compraba pan calentito y frutas subiendo a mi casa. Ya tenía acento, amigos y rutina.
Y en marzo comencé a viajar.
Hace tres años era viernes. No tenía trabajo y estaba de vuelta en Querétaro. Hacía menos de un mes que me había regresado de España y la desubicación, añoranza e incertidumbre estaban a
full. Ese enorme shock se tardó en recuperar. Hacía curriculums, hacía de comer y me iba al centro a pasear.
Ese viernes seguro que hubo peda, pero por alguna extraña razón, no se sentía igual.
Hace dos años era sábado y no tenía luz. Y sentía que me llovía sobre mojado. Fueron fines de semana de no hablar con nadie, de aislarme, de estar sólo con Gazpacho y un radio a pilas.
Ese mes está demasiado criptografiado en mi blog.
Hace un año era lunes y tampoco tenía luz.
(¿Por cierto, ya la pagué?) Pero me sentía muchísimo más contenta conmigo, con mi vida, con lo que me rodeaba. El año lo comencé enojada, pero para marzo, ya estaba OK. Quizá por eso es que me corté el pelo chiquito y acepté
sin tanto con menos drama que las cosas pasan una y otra vez.
Hoy amanecí con un dolor en los talones y mi refri no cierra bien. También se descompuso el flotador del aljibe y tuve que cerrar el agua. A ver si no se me acaba. Aun no me adapto a mi nuevo rol laboral y me he hecho adicta a los tés. Tengo 2 blogs y uno al que me adoptan cada lunes, aunque ayer no escribí.
La palabra
sexenio es para los mexicanos un sinónimo de mandato presidencial. Este sexenio para mí es sinónimo de continuidad. Por supuesto, una continuidad muy a mi estilo. A veces me quejo mucho y que reniego de mi presente. Vuelvo a chingar con gachupinadas y me cargo al blog. Pero aún tengo gente en mi vida que estaban por aparecer ese 030303 y que, a pesar de todas mis manías y las suyas, seguimos aquí.
Dentro de seis años también será lunes… ¿Quién estará aquí?